Cambio de paradigma en USA. Masculinismo vs Feminismo

Por: Rainer Ricardo

Foto: extraída del Washington Post (crédito Chloe Cushman)

Poco antes del 3 de noviembre, un amigo querido de los Balcanes radicado en Canadá me desafió, en pocas palabras, a predecir el resultado de estas elecciones norteamericanas. La idea de predecir un evento político me resulta difícil, ya que considero, personalmente, que las ciencias políticas no pertenecen al grupo de las ciencias exactas. Con estas elecciones, y las pasadas, hemos visto que las matemáticas de los sondajes, las cuales supuestamente aportan datos “duros” – como si se tratara de “erecciones” más que de “elecciones” –, están cada vez más perdidas en sus predicciones. A mi humilde parecer, y por razones propias al mundo de la política, sobre todo el secretismo, la mentira y la manipulación, no creo que las ciencias políticas tengan la capacidad de predecir muchos de los eventos estudiados. No es casualidad que la noción de “consecuencias inesperadas” haya ganado tantos adeptos dentro de este campo de las ciencias sociales. A mi pobre entender, aún estudiante, mi ciencia es una ciencia pos-facto.

Bueno, después de haberle dado esta “perolata”, para situarlo en el contexto de mi pensamiento, le mencioné algo a mi amigo de lo cual no creo haberme equivocado: “si gana Trump y Pence” – le dije en mi inglés-francés combinados – “vivimos todavía en un mundo masculinista”. “De ganar Biden y Kamala” – continué con certeza – “entramos en una nueva era: la de un mundo feminista”. Miremos algunos datos “duros” de estas “erecciones” para vislumbrar el rol crítico jugado por las mujeres en las presentes elecciones. Las mujeres blancas y educadas de los suburbios, quiénes habían votado por Trump en el 2016, decidieron esta vez cortar por lo sano y le dijeron en las urnas: “tun-tu-run-tun”. Vaya que de nada sirvió que el patriarca las haya “salvado” al procurar empleos a los esposos encargados de procurar el pan de cada día. No les gustó el tratamiento que Donald les reservó a sus hijos, padres, hermanos y vecinos, con la gestión de la COVID-19, y se fueron a cenar con Biden en el 2020, con máscara y en plan take-out.

En el plano de lo político, un total de 318 mujeres, entre Republicanas y Demócratas – récord en la historia de los Estados Unidos –, se presentaron como candidatas a las elecciones, y entre ellas, un número significativo de mujeres racisées – 117 en total. Alexandria Ocasio-Cortez, Ilhan Omar, Ayanna Pressley y Rashida Tlaib, fueron todas reelectas al Congreso de los Estados Unidos. Sarah McBride, Taylor Small y Stephanie Byers, personas que se identifican “trans”, también han ganado el voto popular y han obtenido un puesto en las altas esferas de la política norteamericana. Y como estocada final, la elección de Kamala Harris al puesto de vicepresidente – otra mujer “interseccional” – pone fin a la tradicional dinastía del “hombre blanco” en ese cargo de gobierno. Si el “masculinismo” se entiende como un sistema de conocimiento que valoriza los atributos asociados a la “masculinidad” – “guerra”, “heroísmo”, “mano dura”, “violencia”, “protección”, “heterosexualidad”, etc. – y desvaloriza los atributos de la femineidad – “debilidad”, “vulnerabilidad”, “necesidad de protección”, “fragilidad”, “histeria”, etc. –, es muy claro para mí que estamos asistiendo a un cambio de paradigma en los Estados Unidos de América.

Para visualizar ese cambio hay que fijarse atentamente en la lucha que se está librando en el terreno del “lenguaje”, mejor dicho, en su capacidad a crear sentido de la realidad social a través de representaciones intersubjetivas que compiten entre sí. El pensamiento masculinista sería entonces un sistema codificado de representaciones de la realidad social que se adquiere durante el proceso de socialización de los individuos, los cuales terminan por internalizar maneras de concebir el mundo que parecen a priori “naturales” y “normales”. Una de las narrativas masculinistas que más ha captado mi atención en la presente elección es la siguiente: la democracia (femenino) está en peligro (vulnerabilidad) y tiene que ser salvada por hombres (guerreros) dispuestos a preservar la virginidad (penetración de los inmigrantes y del virus chino) de la Nación (madre Patria). La presencia de hombres civiles armados en las calles dispuestos a sacrificar sus libertades individuales por la democracia ha sido una variable constante en estas elecciones. Esto no es solo discurso, sino realidad tangible y verificable.

Por su parte, Trump ha sabido cultivar bastante bien la imagen del patriarca millonario de mano dura, capaz de hacer frente a cualquier extraño que abuse de su desprotegida nación. Patriarca de América – del Norte –, Trump levantó muros para evitar que los extranjeros del Sur “penetrasen” aún más su madre patria. Pero al desviar la atención hacia el Sur, los chinos terminaron por “transmitirle” el virus mortal. ¡Infiel América! ¡Tu problema es de autoestima! En el 2016, necesitabas de un hombre blanco, riquísimo (digo en dinero), y heterosexual (hasta donde sabemos), para limpiar el pecado de un concubinato de 8 años con un afroamericano amigo de los Comunistas en Cuba. Y ahora, ¿cómo haces para irte con un viejo “chocho”, con problemas de “memoria” y, al parecer, “pedófilo”? – como deja entrever este vídeo que circula en Youtube. Pero esa libertad de escoger con quién te acuestas – ¡Oh América! –, esa libertad no te será otorgada fácilmente. Para tu “Ex”, que todavía vive en esa “casa blanca”, el nuevo pretendiente es un hombre vicioso, con debilidad de carácter y, por lo tanto, no puede pretender ser tu Comandante en Jefe. Ese puesto exige nobleza y excelencia de carácter, y, sobre todo, mano dura para acabar con los que quieran abusar de tu fragilidad. Además, ese hombre viene acompañado de una mujer negra e inmigrante, y eso es peligroso en un país tradicionalmente blanco, masculino y heterosexual.

Crear sentido feminista de estas elecciones es partir del principio según el cual nuestra realidad social, esa que tomamos por dada y sin cuestionamientos, ha sido y es estructurada por relaciones de “género” – entendido aquí como “construcción social” y no como atributo biológico como puede ser el “sexo”. Ser “mujer” o “hombre” biológicamente y comportarse como “un hombre” o “una mujer” socialmente son dos cosas bien distintas. Las preferencias y los comportamientos de los hombres y de las mujeres están determinados por las “ideas” que definen lo que es la “masculinidad” y la “femineidad”. Ideas que, a fuerza de repetición intergeneracional, han terminado por sedimentarse en lo que se podría denominar una “cultura patriarcal” que valoriza lo masculino y desvaloriza lo femenino. Afortunadamente, los Americanos y las Americanas votaron masivamente por un mundo más “feminista”, rechazando la masculinidad “tóxica” del Trumpismo. El resultado de las recientes elecciones en los Estados Unidos de América refleja así la consolidación de un cambio de paradigma. Pero todo cambio “revolucionario”, como podría ser el advenimiento de un Estado feminista en Estados Unidos, estará ineluctablemente marcado por numerosos obstáculos y crisis importantes, tanto en la esfera “doméstica” como “exterior”.

Lo que sí está claro, al menos para mí, es que, en los próximos días y meses, la lucha política “real” tendrá lugar en el terreno del “discurso”, ya que el lenguaje, como estructura fundamental de toda sociedad, es productor de realidades sociales que compiten salvajemente por imponerse en la jerarquía nacional de significados. Por el momento, no me queda más que “bendecir”, como ya es tradición popular y oficial, a los Estados Unidos de América. ¡Que la paz… sea!

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