Democracia y elecciones en Cuba: la conveniente dilución del poder del Pueblo

Por: Juan Milton*

Foto tomada de Unsplash (créditos: elCarito)


De altar se ha de tomar a Cuba, para ofrendarle nuestra vida, y no de pedestal, para levantarnos sobre ella.

José Martí


Etimológicamente, la palabra democracia deriva del término griego dēmokratiā, el cual fue acuñado a partir de dēmos (pueblo) y Kratos (poder) en el siglo V antes de nuestra era. Democracia quiere decir poder del pueblo y desde el punto de vista histórico hace referencia al sistema político que existía en las ciudades estados de la antigua civilización griega, en particular en Atenas. La idea de la democracia era ofrecer una alternativa a los sistemas políticos monárquicos, en el cual el poder está concentrado en las manos de una sola persona. Los griegos no aceptaron como figura política suprema ni al mismísimo Alejandro Magno, el cual los había conquistado militarmente.


Es importante destacar que una verdadera y total democracia jamás ha existido. La democracia debe verse como un modelo de referencia. En la antigua Grecia, la democracia solo podía ser ejercida por los ciudadanos de sus ciudades-estados, lo que por aquella época quería decir hombre libre adulto, nacido en Atenas y además con cierto nivel de riquezas. Las mujeres, los esclavos, las personas provenientes de otros lugares e incluso los ciudadanos pobres quedaban excluidos de la vida democrática.


No obstante, la democracia se consideraba superior en cuanto un grupo de personas ejercían el poder en comparación con un sistema monárquico o tiránico, en el cual una sola persona concentra el poder en sus manos. En la modernidad, el concepto de democracia refiere al conjunto de instituciones que permiten a los individuos ejercer su poder político como ciudadanos libres e iguales. Sin embargo, existen muchas formas de democracia entre las cuales se destacan: (1) la democracia indirecta o representativa, (2) la democracia semidirecta o participativa y la (3) democracia directa. Esta última es considerada la forma más pura de democracia.


El caso de Cuba, si bien es un sistema político de un solo partido, se podría definir como una “democracia representativa indirecta”, ya que la definición de democracia hace referencia fundamentalmente a la participación de la ciudadanía y no a la existencia de uno o varios partidos políticos – aunque este elemento también forme parte de su definición moderna. El modelo de elecciones en Cuba permite a los ciudadanos elegir mediante el voto secreto a los representantes a nivel de barrio, municipio y provincia. Sin embargo, no existen mecanismos para que esos mismos ciudadanos puedan elegir directamente a sus máximos dirigentes. Este último aspecto contrasta con el tipo de sistema político democrático instaurado en la mayoría de los países del hemisferio occidental. Si bien en Cuba hay una gran participación de la ciudadanía en los procesos electorales (7 millones 800 mil electores ejercieron su derecho al voto en el último referéndum constitucional), no se deben confundir “participación del pueblo” con “poder del pueblo”. En la práctica, el sistema electoral en Cuba posee una estructura piramidal a la base de la cual se encuentra el Pueblo y en la cúspide la “dirección histórica de la Revolución”; que no es sino la forma eufemística que han encontrado algunos para llamarle a las posiciones jerárquicas vitalicias que ocupan aquellos que combatieron al lado del Dr. Fidel Castro.


El objetivo de las elecciones y de la democracia representativa consiste en que la distribución de los niveles jerárquicos en la pirámide responda a los intereses de una mayoría. Para ello la base (el Pueblo) ejerce su derecho a cambiar la punta de la pirámide y los otros niveles intermedios de la misma. En Cuba, el Pueblo tiene derecho a elegir solamente a los representantes de barrio. Luego estos eligen a otros delegados a nivel municipal, que terminan eligiendo a los delegados a nivel provincial hasta llegar a los diputados a la Asamblea Nacional. Son estos diputados los que en la práctica “eligen” siempre por “unanimidad” al presidente de la República de Cuba y a un grupo de personas que ocupan cargos importantes en el gobierno.


Este artificio electoral suprime el voto directo de la población y diluye su poder electoral a través de un proceso iterativo. En realidad, no todos los diputados que conforman la Asamblea Nacional del Poder Popular (ANPP) son elegidos a partir de la base (delegados municipales). Según la Ley Electoral cubana, un 50 % o más de los diputados a la Asamblea Nacional son “sembrados”, ya que de esta manera el gobierno se reserva el derecho de seleccionar a miembros de la “sociedad civil” y otros altos funcionarios – ministros, viceministros y otros dirigentes (UJC, FMC, FEU) –, y les garantiza sus puestos como diputados a la Asamblea Nacional sin haber sido elegidos desde la base, desde el Pueblo. La elección del actual presidente el Sr. Miguel Díaz-Canel es un ejemplo de cómo los cubanos no tienen realmente poder de elección en el sistema político cubano. Muchos recuerdan que su elección como presidente ya era conocida mucho antes que se realizara el proceso electoral.


Este es el tipo de situaciones que engendra una democracia – la democracia cubana – construida a conveniencia para responder a los intereses de un grupo de individuos que han acaparado el poder político por más de 60 años. Cuba es, al menos después de la Constitución de 1976, una democracia participativa indirecta. Pero en la práctica, el sistema electoral cubano diluye sistemáticamente el poder del Pueblo. Ese es el mecanismo que privilegia una casta política que no piensa abandonar el poder político concentrado durante más de seis décadas. Ese vino, aunque sea nuestro, sí que debe estar amargo.



*Nota sobre el autor:


Juan Milton es el pseudónimo que el autor del artículo ha escogido para escribir sobre Cuba en toda tranquilidad de espíritu. Es la versión latina de John Milton, escritor inglés y autor de la obra literaria El Paraíso Perdido. Cuba es para Juan Milton ese Paraíso que los cubanos hemos perdido. La desidia y la impotencia nos ha llevado a un abandono tanto físico como emocional de nuestra Patria. El autor no es politólogo ni experto en ciencias políticas. Es simplemente un ingeniero, investigador y docente universitario con las mismas preocupaciones de muchos compatriotas. Es un apasionado de la historia y cree profundamente que el futuro de Cuba pasa por rescatar la Nación Cubana como ideal unificador.

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