El discurso de Díaz-Canel. Mucha estrategia y poca táctica.

Por: Rainer Ricardo, PhD(c)

Foto: Endrys Correa Vaillant

Al escuchar el discurso de Miguel Díaz-Canel, me he quedado con la profunda impresión de que el discurso político en Cuba, oficial quiero decir, ha perdido mucho de su substancia en estos tiempos modernos. En realidad, y me puedo equivocar, me ha quedado el sabor de que se quiere decir mucho, pero al final se dice muy poco, o casi nada. Por ejemplo, en el discurso televisado del presidente se pretende hablar de reformas económicas importantes sin siquiera hacer honor al lenguaje de la economía: los indicadores macroeconómicos y microeconómicos del país. Comprendo que esconder cifras y aliados puede resultar coherente para un Estado que se declara a sí mismo en « un campo de batalla » contra el imperialismo. Pero tampoco se puede tapar el sol con un dedo, sobre todo cuando se asegura, sospechosamente, que esta estrategia de desarrollo económico no ha sido escrita en un pedazo de papel detrás de un buró… político. Hay cosas que simplemente no se dicen, mucho menos en televisión nacional.


En mi opinión, me parece un tanto irrespetuoso el hecho de que el gobierno de Cuba se dirija al pueblo de Cuba, uno de los más educados de América latina – algo de lo que ellos se pavonean constantemente -, haciendo uso de una aritmética digna del analfabetismo prerrevolucionario: 2 libras de esto y 5 libras de aquello. Si esos son los indicadores microeconómicos de nuestra Cuba, pues hay que reconocer que ya no vamos tan bien y que, en realidad, vamos muy mal. Sin embargo, el presidente mencionó en varias ocasiones que Cuba espera aumentar las exportaciones con el deseo de « desterrar la mentalidad importadora », pero no se dijo nada concretamente de la cantidad de bienes exportados e importados en años anteriores, ni del destino ni la proveniencia de tales productos, supuestamente bloqueados. Debo admitir que me ha sido muy difícil descifrar y comprender lo que se propone hacer el gobierno de Cuba para relanzar una economía que adolece de tantas cosas desde hace tanto tiempo.


No me sorprendió tampoco que el discurso del presidente evitara de enredarse con el lenguaje económico y prefiriera insistir en la lectura de un discurso que se empinaba - para ganar o perder tiempo, vaya usted a saber -, gracias a la veneración de la benevolencia de nuestra Revolución. Pero la verdad es que esos discursos aburren, sobre todo el martilleo continuo de la idea que nuestro vino es amargo y que hay que bebérselo con los ojos cerrados y la nariz tapada. Que se nos diga en televisión nacional que el Estado cubano asegura la distribución de ciertos productos básicos a un « costo tremendo » es una burla al sacrificio histórico de toda una nación. ¿Acaso se le olvida a nuestros dirigentes modernos que el pueblo de Cuba ha pagado, y paga aún hoy, un « costo tremendo » por apoyar justamente esa Revolución histórica? Si alguien tiene que ser realmente absuelto de toda esta historia, ese alguien es y debe ser el pueblo de Cuba.


Y para ponerle la tapa al pomo, el discurso del presidente terminó dándo contenido, credibilidad y fuerza, al discurso extremista que desde la otra orilla circulaba en las redes sociales y cuyo único objetivo es de crear pánico en una población que ya no sabe de dónde agarrarse para sobrevivir a los embates del bloqueo, de la naturaleza, y de muchas otras cosas más. Que el presidente de Cuba tome la palabra para contrarrestar esos rumores en plena reforma económica es un signo de la influencia que esos medios independientes están teniendo en la población cubana. Es además una evidencia tangible de la preocupación del gobierno de Cuba hacia la propaganda en Miami.


Pero aquí, señor presidente, y se lo digo sin querer ofenderle, la culpa es de usted como mensajero y no de nosotros, los receptores de su mensaje. Si usted me plantea que el desarrollo económico « no es más ni menos que ofrecer mayor bienestar al pueblo » de Cuba, debo entonces confesarle que, como ciudadano, encuentro poco, o casi nada, de concreto en vuestra proposición. Si estuviese en Cuba tratando de entender lo que realmente puedo hacer con mi vida y la de mi familia en estos tiempos post-pandemia, me paro y apago la televisión. Lo siento, pero no solo de discurso vive el hombre, ni la mujer, y mucho menos la familia que es el fruto de los dos y la base nuclear de nuestra sociedad.


Si en lugar de contenido se nos da metáforas, pues se gastan el tiempo y las palabras. La población se vuelve apática y se desencanta de una política que al final termina por serle demasiado distante para que pueda identificarse con ella, al menos positivamente. Y ese es justamente vuestro talón de Aquiles, ya que la ambigüedad del discurso da lugar a todo tipo de especulaciones oportunistas. ¿Acaso no existen indicadores macroeconómicos y microeconómicos que presentar a los Cubanos para que tengan una fuente directa del estado de salud de la economía cubana? ¿No hay alguna manera más transparente, digo punto por punto, de presentar las reformas económicas que incrementarán predictivamente el bienestar de los ciudadanos cubanos? Y ya que toco el punto, ¿podría decirme qué se entiende por “bienestar” y cómo se piensa medir su incremento? ¿En cuánto tiempo?


Nada de eso está claro en el discurso, presidente, mucho menos en la estrategia de comunicación que debe llevar el mensaje y la información de manera simple y clara a la población cubana. Desafortunadamente, no cambia lo que tiene que ser cambiado. Y así no se puede forjar una relación basada en la confianza mutua. Ya que aprendo a desempeñar desde la distancia mi rol de ciudadano. Permítase usted de actuar plenamente el suyo, que es el de ser el presidente de todos los Cubanos.


Sobre el autor: Rainer es candidato al grado de Doctor en ciencias políticas y relaciones internacionales en la Universidad de Montreal, Canadá.

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