El Revolucionario y la distopía de la Revolución


La Revolución cubana es por esencia contrarrevolucionaria. Y aunque esta tesis parezca radical, hay que reconocer que lo ha sido desde hace mucho tiempo. Para entender mejor el carácter contrarrevolucionario de la Revolución es preciso, primero, definir lo que se entiende por ello; y segundo, comprender la manera en que esta Revolución ha evolucionado, desgraciadamente, de la utopía a la distopía.


La Revolución... conceptual


Los conceptos, al menos aquellos que tienen connotaciones sociales, no son fijos y sus definiciones tienden a evolucionar con el tiempo, a veces, hasta al punto de ser tan inclusivas y ambiguas que no permiten establecer con claridad la esencia del fenómeno objeto de definición. Se ha insistido mucho en la definición que ofreciera Fidel Castro en el año 2000, en la cual se define el concepto de “Revolución” como el “cambio de todo aquello que debe ser cambiado”. Esta definición es problemática por muchas razones, de las cuales expongo solamente dos.


Primero, es demasiado inclusiva y no identifica concretamente la esencia del fenómeno en cuestión, ya que no se define lo que es problemático y lo que no. Se podría decir que estamos frente a una definición tautológica, puesto que no se ofrece ningún conocimiento real sobre el objeto que se pretende definir. Segundo, esta definición denota la existencia de una autoridad encargada de identificar los elementos de la realidad social (ver institucional) a cambiar y aquellos que deben permanecer. Y como esa autoridad tampoco está bien identificada, esta imagen conceptual de la Revolución, por lo tanto, deja mucho margen a la arbitrariedad política, ya que quien define lo que tiene que ser cambiado, por instinto de supervivencia, no se va a cambiar a sí mismo si se encuentra, por reflexión autocrítica, al origen del problema institucional.


Entonces, ¿qué es, o fue, la Revolución? Según la Real Academia Española (RAE), el concepto de “revolución” puede entenderse, en el ámbito de lo político, como un “cambio profundo, generalmente violento, en las estructuras políticas y socioeconómicas de una comunidad nacional”. Desde este punto de vista, es importante reconocer que en Cuba tuvimos, al menos durante un cierto tiempo, un proceso revolucionario que cambió la mayoría de las estructuras políticas y socioeconómicas de la nación. El deseo de un “cambio profundo” en Cuba impulsó a los movimientos revolucionarios contra Batista (hablar de un solo movimiento revolucionario es injustificado) y, al mismo tiempo, motivó las distintas reformas políticas, económicas y sociales que se implementaron a partir del año 1959.


Es cierto que tales transformaciones fueron radicales, pero, a fin de cuentas, cabe reconocer, terminaron legándonos otro perro con el mismo collar. La utopía revolucionaria engendró su propia distopía. Y aquello que un día fue, simplemente dejó de ser.


En su contra.


La Revolución es contrarrevolucionaria porque se “traicionó” a sí misma. Ya lo dijo el Máximo Líder de ese proceso: “El modelo cubano ya no funciona ni siquiera para nosotros”. Y es que no les funcionó ni siquiera en los inicios, cuando la utopía revolucionaria caía rápidamente en los brazos de la distopía nacional como por arte de magia o ley gravitacional, vaya usted a saber.


La Revolución fue democrática y anticomunista. Pero…


Las iniciativas pluralistas, que existían en el seno del M-26-7 y de las ORI, perdieron la causa justa frente a las acusaciones de “sectarismo” pronunciadas por Castro. Esto dio paso a la centralización del poder político en una estructura organizacional compuesta de un partido único (PURS), en el cual la lealtad absoluta hacia el proceso revolucionario y sus dirigentes fue privilegiada por sobre todas las cosas. La libertad de expresión capituló frente al asedio, la censura y la violencia de las fuerzas revolucionarias encargadas de neutralizar el discurso opositor. Bulla y chanchullo en la Plaza de la Revolución; silencio total en las imprentas independientes. Y para culminar, se crearon mecanismos de vigilancia para el Pueblo y por el Pueblo; una especie de policía secreta ciudadana que seguía estimulando, por medio de su participación masiva, la desaparición de todos aquellos derechos por los que se había luchado en la Sierra y en el Llano.


Las aspiraciones democráticas y liberales habían expirado por completo para el año 1963, cuando ya sin sorpresa se tiende de una vez por todas la mano a la tradicional enemiga dictadura del proletariado. Para 1965, el Partido Comunista de Cuba (PCC), hijo bastardo del Partido Socialista Popular (PSP) – ilegal entre 1953 et 1960 – y del Movimiento 26 de Julio (M-26-7) – sin vínculos con el PSP en 1958 –, gobernaba sin oposición. Once años después surgía, sobre los pilares del monoteísmo político, la iglesia del Estado socialista. Y en el plano internacional, salimos de un imperio informal para entrar en otro. Al declarar la Revolución socialista el 16 de abril de 1961, Fidel no podía sino entregar la soberanía nacional de Cuba a una potencia extranjera, como afirmara el Che en enero de 1959, quien consideraba a la Unión Soviética como una potencia injerencista (Ver Diario de la marina, 11 de enero de 1959). Así pasamos de una dependencia a otra, con nuestra soberanía nacional como moneda de intercambio. No es por gusto que terminamos apoyando, a regañadientes, la invasión soviética en Praga. Tales gestos de solidaridad y de fraternidad nos garantizaban los suministros provenientes de la URSS, sin los cuales el gobierno revolucionario no podía sobrevivir. Cuba tomó muchos riesgos. Pero los tomó porque sentía que Cuba estaba en “deuda de gratitud” con la Unión Soviética.


Ser revolucionario desde la “contrarrevolución”


Por todo lo expuesto anteriormente, se podría afirmar que la Revolución cubana es, hoy más que nunca, contrarrevolucionaria en su esencia, ya que no solamente ha traicionado sus aspiraciones democráticas, sino que además ha recreado la realidad que alguna vez pretendió combatir con derramamiento de sangre y fusilamientos. La dictadura de Batista se fue, no en balsa, sino en avión; pero detrás vino la dictadura del proletariado, que a lo sumo no es gobierno de nadie, y a lo poco, gobierno de unos pocos sobre unos muchos letrados en la doctrina del “fidelismo” y su “fusil” telescópico. En el trasfondo institucional, detrás de la utopía de la democracia popular se esconde la institucionalización de un poder totalitario forjado en una ideología que no permite contestación, ya sea de izquierda o de derecha. En la jerarquía eclesiástica del Estado socialista reina una vez más el clientelismo y el nepotismo, puesto que los principales cargos de la República siguen siendo ocupados, como en los inicios, por personas asignadas a “dedo”. Y esto, aunque tenga que ser cambiado, no cambia ni cambiará.


Por lo tanto, la Revolución que un día fue, ya no es. No es revolucionario que el Pueblo, esa “multitud anónima” investida de todos los poderes constitucionales, continúe sin elegir directamente a sus gobernantes – como se prometió revolucionariamente –, sino que los sobreviva de revolución en revolución. No es revolucionario que se sigan violando arbitrariamente las libertades otorgadas por la Ley de leyes de la República a los hijos del contrato social cubano. No es revolucionario que se sacrifiquen la paz y la armonía nacionales a causa de una teoría mal interpretada – sí, la marxista – e injertada erróneamente en el ethos del Estado y la identidad nacional. No es revolucionario que se expulsen a los intelectuales de las universidades cubanas por estimular reflexiones críticas en el pensamiento de las nuevas generaciones – ¿acaso no es justamente ese el objetivo de la educación universitaria? –. No es revolucionario que la dictadura del proletariado se olvide de sus trabajadores y trabajadoras, exponiéndoles continuamente a la explotación de un Estado que extrae la plusvalía con poca transparencia. No es revolucionario que el Pueblo se procure sus necesidades básicas empleando una moneda que no adquieren por vía salarial. Exentos de recursos que les permitan generar riqueza y felicidad, los afectados por tales medidas no tienen otra alternativa que delinquir. Por lo tanto, no es revolucionario exigirle al Pueblo infinita gratitud; sobre todo si ese Pueblo ha sacrificado más de lo que ha obtenido a cambio.


“Al final de este viaje”, no puedo sino preguntarme: ¿qué significa ser revolucionario en la Cuba de hoy? Y como no tengo realmente respuesta, “le invito a que saque sus propias conclusiones” y a que celebre lo que tenga que celebrar.


Por: Rainer Ricardo

Foto: Obra "Revolución una y mil veces", del artista cubano Reynier Leyva Novo.

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