Ensayo sobre Realismo político, Relaciones Internacionales y Cuba.

Por: Rainer Ricardo, PhD (c)

Foto: Archivos de la Revista Bohemia

Este texto es parte de una serie de ensayos que serán publicados en El Patio Americano y que responden a dos objetivos. El primero es de presentar, de manera accesible a un público novicio, las principales premisas de una teoría dentro de la disciplina de Relaciones Internacionales (RI). Como segundo objetivo, este ensayo se propone de ilustrar, con la ayuda del caso de Cuba, la manera en que la teoría seleccionada explica algunos de los eventos que más han tenido resonancia en la historia de Cuba.


He decidido comenzar esta serie de ensayos por el Realismo político, ya que esta tradición teórica ha sido, y puede que aún sea, una de las más célebres de la disciplina de RI, sobre todo en los Estados Unidos. Se denomina Realismo ya que se identifica como la cara opuesta de otra tradición teórica, el Idealismo, el cuál se puso muy de moda al terminar la Primera Guerra Mundial. No es una coincidencia que la disciplina de RI, cuyo objetivo primario fue y es el de comprender las causas de la guerra y de la paz entre los Estados soberanos, nazca justamente en el momento en el que se crea la Sociedad de las Naciones (SDN). Esta institución internacional, antesala de las Naciones Unidas, puede ser considera como el producto de la ambición de los Idealistas, los cuáles pretendían, y todavía pretenden, que los Estados pueden resolver sus diferendos pacíficamente en el seno de organizaciones internacionales (OI) creadas para estos fines.


El Realismo se impone como tradición hegemónica en la disciplina de RI justo después de la Segunda Guerra Mundial, cuando todos los aparatajes institucionales promovidos por los Idealistas no pudieron frenar el estallido de la guerra en Europa. Al contrario, la corta vida de la SDN, la cuál fue marcada por el aislamiento de los Estados Unidos y la práctica de una política de tolerancia por parte de los miembros activos hacia las potencias fascistas, demostraron que los Idealistas se habían equivocado en sus predicciones. Los teóricos Realistas acusaron a estos últimos de ingenuos, y de elaborar teorías que no eran sino producto del “pensamiento mágico”. Y la “guerra fría” en pleno auge parecía dar razón a los Realistas.


Cabe decir que al día de hoy no existe una sola teoría Realista en RI, sino variantes teóricas del Realismo. Para los más ortodoxos, tenemos un Realismo clásico. Para los que gustan de las estructuras como factores explicativos, existen dos Realismos estructurales: uno defensivo y otro ofensivo. Y para los que gustan de variaciones más modernas, existe también un Realismo Neoclásico y un Post-Realismo. En fin, que hay Realismo para todos los gustos y colores. Pero para la finalidad de este ensayo, no hay necesidad alguna de adentrarse en las particularidades de cada variante, aunque es aconsejable conocerlas, ya que cada una de ellas puede ofrecer respuestas distintas a ciertas y determinadas preguntas. Por los límites que impone este texto, abordaré solamente lo que puede ser generalizado. Reconozco de antemano que esto puede dejar muchas cosas fuera del análisis. Mea culpa.


Filosóficamente, el Realismo en RI es una teoría que se construye sobre las bases del pensamiento pesimista de filósofos clásicos como, por ejemplo, Jean-Jacques Rousseau y Thomas Hobbes. “El ser humano es en parte bueno, pero puede también ser malo, muy malo, y esto no debe olvidarse jamás” – te diría un buen Realista cuando habla del mundo a su alrededor. Y es justamente para controlar esta pulsión natural hacia la maldad - leamos violencia y traición - que los seres humanos, mediante el uso de la Razón, han llegado a construir el Estado, el cuál se presenta a nosotros como la solución a la inestabilidad que se vive en la “anarquía” y en el “estado de naturaleza”.


Ahora bien, ese proceso no ha tenido lugar en el mundo de los Estados, los cuáles socializan en un contexto que es todavía “anárquico” y que se asemeja bastante al “estado de naturaleza” del cuál los individuos han logrado escapar mediante la construcción del Leviatán. El concepto de “anarquía” es entonces fundamental al estudio de las relaciones entre los Estados, ya que denota la “condición permanente” de las relaciones internacionales. Nótese que hablo de estas últimas utilizando minúsculas para hacer referencia a las relaciones entre los Estados, y así enfatizar la diferencia que se debe hacer con la disciplina de Relaciones Internacionales.


Pero sigamos con la “anarquía internacional”, la cuál no puede entenderse como sinónimo de “caos”, ya que existen normas, reglas e instituciones – formales e informales - que regulan las interacciones entre los Estados. Así, por ejemplo, la guerra puede ser considerada una institución internacional, ya que su conducta ha sido formalizada desde la antigüedad por rituales. ¿Se acuerda usted de haber visto las partes íntimas de Mel Gibson en su película Corazón valiente? Pues Mel pudo hacer muestra de su desafecto por los Ingleses gracias a la institucionalización de ciertos rituales que le permitían hacer tales demostraciones diplomáticas.


Pero olvidemos a Mel y vayamos directo al grano. En la disciplina de Relaciones Internacionales, el concepto de anarquía designa la simple “ausencia de un Estado Global”. Es otra manera de decir que no existe sobre los Estados soberanos una institución formal, absolutista y legítima, que concentre en ella todos los poderes ejecutivos y legislativos del planeta y de la humanidad. Las Naciones Unidas no son un Estado Global, sino una organización internacional creada por y para los Estados soberanos. Desde esta perspectiva, el mundo de los Estados es un mundo descentralizado y fragmentado en unidades políticas autónomas, independientes y soberanas. Y como no existe una autoridad política superior, los Estados soberanos socializan en un mundo en el cual los conflictos y las guerras no pueden ser frenados por una policía internacional, ya que esta última ni siquiera existe. Según los Realistas, la guerra entre los Estados es siempre probable ya que nada ni nadie la puede impedir.


Lo peor que puede hacer un Estado es no prepararse para esa eventualidad. Y como el Estado es considerado un actor racional, es evidente que su prioridad consiste a maximizar su propia seguridad nacional en un mundo en el que no se puede realmente confiar en nadie, mucho menos en otros Estados racionales y egoístas que persiguen los mismos objetivos. Los Realistas consideran que la cooperación entre los Estados es la mejor estrategia, pero estiman que desear que los Estados cooperen es una cosa, y una bien distinta es que lo hagan de manera eficiente. Sobre todo cuando los Estados temen, por encima de todo, que el amigo de hoy sea el enemigo de mañana. Mucha interdependencia entre los Estados es sinónimo de vulnerabilidad, ya que la defección es siempre probable y el costo a asumir puede ser muy grande. Por lo tanto, los Estados buscan primero armarse hasta los dientes para disuadir a los posibles adversarios, y crearán alianzas, efímeras, mientras estas les sean útiles y no perturben el estatus quo. La lógica racional detrás del comportamiento del Estado en el universo de los Realistas es la siguiente: en la selva internacional, el más fuerte está más seguro. Y para ser el más fuerte, los Estados emplean estrategias que no siempre son efectivas. Es por lo que los Realistas hacen un llamado a la “prudencia”.


Una de las estrategias privilegiadas por los Estados para garantizar la seguridad nacional es la carrera armamentista. Pero esta última puede dar lugar a un “dilema de seguridad”, el cuál se forma cuando los esfuerzos defensivos realizados por un Estado – militarizarse para disuadir -, son percibidos por otro Estado como una estrategia ofensiva – militarizarse para conquistar -. Al ser percibidas las intenciones de un Estado en estos términos, todos los Estados que se sienten amenazados por tales movimientos se lanzarán en una carrera armamentista. Se crea así un círculo vicioso de hostilidad y de desconfianza que tiende a desestabilizar las relaciones entre los Estados, al punto de poder conducir al estallido de una guerra. Y cuando no se llega a este extremo, el de la guerra quiero decir, se mantiene generalmente una predisposición continua a la hostilidad. La “guerra fría” es justamente el resultado de ese proceso que, si bien parece natural, no hace sino provocar más inseguridad en el sistema internacional. Y es justo ahí que se encuentra el dichoso “dilema”. La maximización de la seguridad individual de un Estado genera inseguridad e inestabilidad colectiva, ya que exacerba la competencia militar y la predisposición al conflicto. Al mismo tiempo, el dilema acrecienta los problemas de percepción, así como las malas decisiones.


En los años 1960, Cuba estuvo envuelta en un doble dilema de seguridad. El primer dilema lo tenía Cuba con los Estados Unidos. Cuando estalla el conflicto entre los dos Estados a principios del año 1959, la seguridad nacional del Estado de Cuba dependía en gran medida de la capacidad del nuevo gobierno a disuadir los planes de intervención militar que se gestaban en Washington, sobre todo en los años 1961 y 1962. Para maximizar su seguridad nacional, Cuba se lanzó en una carrera armamentista con el apoyo directo de la Unión Soviética, quién se aprovechó de la situación para extender sus alianzas militares en el Caribe. Esta ayuda metió a Cuba en medio del dilema de seguridad que mantenían Moscú y Washington desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. La presencia de efectivos militares soviéticos en Cuba era, desde la perspectiva de la Casa Blanca, una estrategia ofensiva de la Unión Soviética y un desafío a la hegemonía regional de los Estados Unidos.


¿Por qué Cuba se armó hasta los dientes? Por la simple razón que la prioridad de todo Estado es de maximizar su seguridad nacional, es decir, preservar por todos los medios posibles su autonomía y su independencia política, su soberanía nacional. Un Estado es soberano o no es un Estado. Punto. Y en 1959, las capacidades militares de Cuba eran frágiles si tenemos en cuenta que las fuerzas armadas dependían tradicionalmente de los Estados Unidos, y que estos últimos habían impuesto un embargo de armas apenas unos meses antes del triunfo de la Revolución. Para hacer frente a toda amenaza exterior, Cuba contaba históricamente con la protección de los Estados Unidos. Por lo tanto, el Estado de Cuba no tenía maneras alternativas de militarizarse por sí solo y se encontraba vulnerable frente al Estado más fuerte de la región, el cuál se declaraba hostil a las reformas en Cuba y podía intervenir militarmente sin que nadie pudiese ofrecer resistencia alguna, violando así el principio de soberanía nacional de Cuba. Para resolver este problema, Cuba aceptó las donaciones de efectivos militares de la URSS, las cuáles sustituyeron una dependencia por otra. Pero esto servía los intereses nacionales del Estado de Cuba en aquellos momentos.


En tales condiciones, diría un Realista, la prioridad de todo nuevo gobierno es la de crear una capacidad militar realmente disuasiva – instalar los misiles -, y forjar una alianza con la coalición de Estados capaz de equilibrar la coalición formada por los Estados adversarios – integración al campo socialista. Al parecer, Cuba actuó por razones defensivas, ya que en esta época los Cubanos y los Soviéticos tenían inteligencia sobre los planes de intervención militar preparados por la CIA, el Departamento de Estado, la Casa Blanca y los distintos movimientos cubanos que luchaban por un cambio de régimen en el país: El Proyecto Cuba. Aún así, este movimiento defensivo ha dado lugar a una espiral de hostilidades en los dos Estados que se ha perpetuado en el tiempo. Al día de hoy, Washington reconoce que Cuba no representa una amenaza real a la seguridad nacional de los Estados Unidos. La Unión Soviética ya no existe, y la Rusia que la remplazó no aspira siquiera a recrear una guerra fría con los Estados Unidos, mucho menos otro Pacto de Varsovia. Aún así, las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos han quedado marcadas por este viejo dilema de seguridad, el cual no es sino una reliquia de la guerra fría.


Claro está que esto no lo explica todo. El Realismo no es sino una tradición teórica que crea sentido de la política internacional en sus propios términos. Ni siquiera pretende explicar la totalidad de la realidad internacional, aunque apuesta por una epistemología positivista cercana al mundo de las ciencias naturales. A pesar de ello, el Realismo está plagado de fallas que han sido criticadas desde muchas direcciones. Por ejemplo, los Realistas ignoraron durante mucho tiempo en reconocer que lo que pasa en el interior del Estado tiene un impacto directo en la formulación de su política exterior. A este efecto, vale reconocer que los Realistas no elaboraron grandes preguntas sobre el proceso de construcción de esos intereses nacionales, mucho menos sobre la influencia que tienen los grupos políticos que luchan internamente por la captura del Estado en la construcción y la formulación de esos intereses.


Otras teorías tuvieron que emerger en RI para ofrecer respuestas a muchas de las interrogantes que no fueron respondidas por los Realistas. Esto no significa sin embargo que los Realistas hayan estado completamente equivocados, ni que el Realismo haya perdido de su importancia al día de hoy. Cuando se afirma que la política exterior de Donald Trump es de tradición Realista, pues ya se puede uno ir imaginando lo que se esconde detrás de la “Grandeza” a la que aspira el presidente. Solo que, en términos Realistas, la Grandeza de algunos depende siempre de la desdicha de otros. Es un juego de suma cero en el que unos ganan y otros pierden. Y si tenemos en cuenta el caso de Cuba, que no representa una amenaza para la seguridad nacional de los Estados Unidos, ¿quién piensa usted que ha salido perdiendo en la guerra fría del Caribe? Por supuesto que mi pregunta es retórica.


Referencias


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