La moraleja de la Patria martiana y las dos orillas

No sé realmente quién lo dijo, pero cuando lo dijo, no podía estar más en lo cierto: “el pueblo que desconoce su historia está condenado a repetirla”. Y la historia se repite, pues esta guerra, que muchos ahora denominan “cultural”, de “Vida” o “Muerte”, no es sino la extensión de una historia que nos catapulta hacia el pasado en vez de hacia ese futuro que los cubanos tanto deseamos en lo más abstracto de nuestra conciencia. Esta es la historia de muchas “Patrias” y de muchas “Cuba Libre”.


Los conceptos de “Patria” y de “Cuba Libre” no encuentran consenso en el imaginario cubano actual, mucho menos en el imaginario revolucionario del siglo XIX. Los primeros partidos políticos cubanos, los cuales se fundaron después del Pacto del Zanjón (1878), fueron en esencia conservadores y moderados en sus concepciones nacionalistas. Si bien reivindicaban reformas importantes en términos de participación política y de libertad de comercio con los Estados Unidos, persistían en que los vínculos con España debían de mantenerse si se quería evitar el desastre económico, político y social en Cuba, tal y como sucedía en Haití y otras nuevas Repúblicas latinoamericanas recientemente descolonizadas. Muchos de los veteranos de la Guerra de los Diez Años cultivaban además sentimientos anexionistas y terminaron por expatriarse en Estados Unidos, Europa y América latina después de terminado el conflicto. Movidos por la convicción de que la independencia de Cuba no se podía alcanzar sino por medio de la lucha armada, los expatriados dedicaron esfuerzos organizativos y financieros en preparar y lanzar la última estocada contra el imperio español. Sobre esta base social funda Martí el Partido Revolucionario Cubano (PRC) en la ciudad de Nueva York en 1892.


Martí era consciente de que el problema fundamental del movimiento separatista era la desorganización y la falta de unidad política e ideológica. Por lo tanto, Martí se dotó de la misión de unificar todas las fuerzas revolucionarias en un partido único encargado de organizar y de financiar la lucha armada en Cuba. Pepe se distinguía dentro del movimiento separatista por su civismo, su intelecto, su ideario patriótico, democrático e independentista. Promovía la idea de que una “Cuba Libre” no podía sino significar independencia absoluta y soberanía nacional. Y aunque vibrase fuerte en el corazón de los cubanos, el pensamiento martiano no era sino corriente minoritaria. Muchos de los militantes del PRC, como el propio Estrada Palma, nunca disimularon su apego a la idea de una Cuba norteamericana. Estos conservadores y moderados dentro del movimiento separatista imaginaban otra Patria; una Patria más apegada a los Estados Unidos, a su modernismo, su blancura y su desarrollo económico.


Martí defendió con su pluma y su vida la idea de una Cuba soberana e independiente. Aspiraba a conducir una guerra rápida contra España para así coartar los impulsos oportunistas de los americanos, quienes realizaban esfuerzos para apropiarse la isla desde principios de siglo a golpe de dólar. Pero tras su muerte, y sin vergüenza alguna, los expatriados del PRC se establecen en Washington y piden con suma insistencia la intervención norteamericana en el conflicto hispano-cubano. Se les invitó además a romper la mal llamada “neutralidad” que practicaban desde el comienzo de la Guerra del 95 contra los esfuerzos de los cubanos que trataban de apoyar la guerra desde el territorio de los Estados Unidos. Pero la idea de la intervención norteamericana no fue bien recibida por aquellos que sufrían en carne propia los embates de la guerra contra Campos y Weyler, pues sospechaban de las verdaderas intenciones altruistas de los americanos y temían que estos les arrebataran la victoria que anhelaron durante casi 30 años de lucha intermitente. Y aunque los manigüeros tenían razón, no sospechaban siquiera que los expatriados cubanos andaban ya susurrando al oído de los gobernantes en Washington que los libertadores de Cuba no estaban realmente preparados para gobernar una nación soberana.


Los expatriados consideraban que el siniestro futuro de Cuba encontraría confort en el seno de un Protectorado norteamericano, en el cual los cubanos pudiesen adquirir progresivamente las competencias necesarias para gobernar un Estado soberano e independiente. Por lo tanto, Cuba gozaría durante un tiempo de una soberanía “nominal”, mientras que en la práctica estaría controlada por los Estados Unidos, tanto desde el punto de su política exterior como de su política nacional. Por supuesto que estas ideas engrasaban las maquinaciones de los gobernantes norteamericanos, ya que coincidían en que los cubanos eran unos inaptos y en que entregarles el gobierno de Cuba una vez establecidas las condiciones de paz, como pretendía la Enmienda Teller de la Resolución Conjunta del 20 de abril de 1898, era abrirle la puerta al caos y a la anarquía en la isla. Por lo tanto, y para evitar que los cubanos ejerciesen el derecho pleno al autogobierno, se introdujo con guiño de generosidad la Enmienda Platt en la Constitución de 1901. Cuba podía ser gobernada por los cubanos siempre y cuando estos tuviesen en cuenta los intereses del poderoso vecino norteño, quien no había economizado esfuerzos en brindarle a los criollos la libertad por la cual ellos mismos habían sangrado. ¡Venenoso regalo! ¡Ni más, ni menos!


Y bueno, se preguntará usted: ¿de qué me sirve esta historia añejada de poco más de un siglo? Pues le respondo: estas fracturas no han desaparecido. Al contrario, todavía persisten muchas “Patrias” y muchas “Cuba Libre” en el imaginario cubano. Y esa volatilidad ideológica perjudica la causa de los cubanos que quieren construir una Patria martiana, es decir, “con todos y para el bien de todos”. Por lo tanto, mi querido Pepe, te seguimos defraudando. Se nos sigue escapando la moraleja que reside en la historia de la Patria martiana y las dos orillas.


Por: Rainer Ricardo

Foto: Detalle de "Lo que es, es lo que ha sido", exposición de Reynier Leyva Novo en El Apartamento

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