Los Castro, la URSS y el M-26-7. Crónicas de una historia incompleta

Por: Rainer Ricardo, PhD(c)

Foto: Fidel, raúl, che (Osvaldo Salas, 1963)

Roy Richard “Dick” Rubottom, uno de los principales arquitectos de la política americana hacia Cuba, no gustaba de Fidel Castro. Lo tildaba de “nacionalista peligroso”. Pero Dick no imaginaba siquiera que el Movimiento 26 de Julio (M-26-7), un movimiento en esencia nacionalista, sería penetrado hasta la médula por los Comunistas del Partido Socialista Popular de manera solapada y a espaldas del propio Fidel, según cuentan fuentes desclasificadas por los Rusos.


Antes de continuar la argumentación de esta hipótesis, cabe señalar que el M-26-7 fue una coalición de profesionales cubanos provenientes de varias corrientes intelectuales que luchaban por poner fin a la dictadura de Batista, así como a la corrupción en el país. Cerrado el paréntesis, sigamos con la historia.


En 1957, se sabía poco o casi nada sobre los hermanos Castro en los Estados Unidos. Y es por esta razón que, en la primavera del mismo año, el gobierno de Washington envía una misión hacia Cuba liderada por Lyman B. Kirkpatrick, Jr., un alto oficial de la CIA, con el objetivo de indagar sobra la vida de los Castro, sobre todo de Fidel. Los resultados de la encuesta realizada a personas que conocieron personalmente al mayor de los dos hermanos mostraron dos cosas. La primera es que no había rastros de comunismo en la orientación ideológica de Fidel. La segunda es que nadie por esa época gustaba de Batista.


Estos resultados calmaron, hasta cierto punto, la ansiedad de los Estados Unidos. Pero en el verano de 1958, a Raúl se le ocurre la loca pero efectiva idea de secuestrar a 10 ciudadanos americanos y 2 canadienses para así forzar un embargo de armas americanas al gobierno de Batista. El incidente se resolvió de manera pacífica, ya que el embargo de armas se impuso efectivamente, pero esto dejó secuelas que Washington no olvidaría jamás. Y como era de saber, hubo cambio de planes. Ya no solo había que quitar a Batista del poder - pensaban los Americanos -, sino que había que deshacerse también de los Rebeldes.


La huida de Batista jodió los planes de los Estados Unidos. Los Rebeldes, ahora triunfantes en Santiago, Santa Clara y La Habana, se organizaron rápidamente un gabinete provisional de tipo moderado que duró lo que dura un durofrío en la entrada del colegio. Otro gobierno se creaba en la sombra, bajo el liderazgo secreto de Raúl, quién puso en marcha una red de contactos con la URSS, a espaldas de su hermano Fidel. El objetivo de Raúl era de reconstruir las fuerzas armadas en Cuba, para así evitar a la Revolución cubana la suerte que tomaron las reformas de Jacobo Arbenz en Guatemala en 1954.


El primer contacto con Moscú se realizó de manera indirecta en diciembre de 1958, cuando aún no había triunfado la Revolución. Un grupo del PSP acude a la embajada de Checoslovaquia en México para pedir armas, municiones y apoyo estratégico para al M-26-7. Hasta ese momento, no se puede decir a ciencia cierta si existía un vínculo directo entre esas demandas a la URSS y la figura de Fidel. Al parecer, la KGB creía hasta el año 1962 que Fidel no tenía conocimiento de la implicación de su hermano con el PSP y los Comunistas. Además, ninguno de aquellos emisarios pretendía hablar en nombre de Fidel, ya que en el seno del M-26-7 había pocos Comunistas, y la ideología de Raúl era problemática tanto para el movimiento como para su hermano. Según van los rumores, Raúl no informaba a Fidel de sus vínculos con el PSP por miedo a su reacción personal, y por el hecho de que estos vínculos políticos podían ser considerados como un conflicto de lealtad hacia el Movimiento.


No obstante, el secreto de Raúl era bien conocido en Moscú, y sobre la base de este secreto, la URSS mantuvo vínculos con Cuba e intentó proteger a Raúl de las reacciones de su hermano, quién, a diferencia del menor de los Castro, no era considerado un “aliado potencial”. Al parecer, Raúl se impuso desde la sombra en toda esta historia. Y aprovechando la ausencia de Fidel, quién estaba de gira por los Estados Unidos y por América latina, se las arreglaba para empujar la nación hacia la URSS haciendo declaraciones que el propio Fidel tuvo que desmentir desde la distancia y a su regreso. La relación entre los hermanos parecía difícil por aquellos tiempos. Cuando Raúl aconsejaba a Fidel de bajar el tono pro-americano en sus alocuciones, las discusiones entre los Castro eran “endiabladas” - cuenta el ministro de finanzas de aquel gobierno, Rufo López Fresquet.


Al mismo tiempo, las decisiones de Fidel eran contradictorias. Es cierto que denunciaba públicamente las declaraciones pro-soviéticas del Che y de Raúl, pero adoptaba sin embargo las reformas diseñadas por el PSP, ofrecía cargos importantes en el nuevo Instituto Nacional de Reforma Agraria a los Comunistas, y terminaba por aceptar la ayuda militar de la URSS sabiendo que eso provocaría a los Estados Unidos en el Caribe. Esto también lo sabía la URSS, pero no importó en el peso de la decisión. Nikita andaba en busca de nuevos aliados en el llamado Tercer Mundo y la situación en Cuba le venía como anillo al dedo.


Dentro del M-26-7, Raúl apostaba caro por el secreto, con la complicidad del Che y, me imagino, de Fidel también. Pero en julio de 1959, se rompió el corojo. Resistiendo a la oposición anticomunista en el seno del M-26-7, Fidel destituye a Manuel Urrutia y nombra en su lugar al arquitecto de la Reforma Agraria, el abogado Osvaldo Dorticós, miembro del PSP desde 1953, y candidato predilecto a los ojos de Raúl. En septiembre del mismo año, el Kremlin aprueba el envío de armas provenientes del Pacto de Varsovia hacia Cuba. Y un día más tarde, el 1ro de octubre, aterriza en La Habana el primer agente soviético desde que Batista rompiese las relaciones con la URSS en 1956. Dos semanas más tarde, el 16 de octubre de 1959, Aleksandr Alekseev y Fidel Castro mantienen una conversación privada y ultra-secreta en la cuál Castro asegura al agente soviético que el pueblo de Cuba no está listo para establecer relaciones diplomáticas con la URSS. Castro cuestiona además el gran interés de la URSS hacia Cuba. Aún así, Alekseev parte dejando claro el mensaje de que la URSS está dispuesta a ayudar a Cuba.


Todo esto ocurrió en el más absoluto secreto. Ni la CIA ni la Casa Blanca supieron de la visita de Alekseev, y mucho menos tenían inteligencia de los movimientos de Raúl y de la presencia de Comunistas españoles en Cuba. Pero la visita de Alekseev fue decisiva, ya que al día siguiente de estos encuentros, Fidel hace saber al pueblo de Cuba cuán significativa era la labor que su hermano Raúl estaba haciendo por la Revolución. Y en un chasquido de dedos, el gabinete cubano anuncia la disolución del Ministerio Nacional de Defensa, así como la creación inmediata del Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, ahora bajo el mando de Raúl Castro.


Este parto fue sin embargo doloroso para el M-26-7. Apenas unos días antes, el comandante Húber Matos, jefe militar de la Provincia de Camagüey, anticipando el giro, comunica a Fidel que no puede servir en un gobierno que se desvía de su propósito inicial. La reacción de Fidel fue terrible: 20 años de prisión para el comandante. Una lección que serviría para el resto de los confusos, ya que Matos era el segundo alto oficial del M-26-7 que disentía de la dirección tomada por la Revolución. El comandante Pedro Luis Días Lanz fue el primero en lograr escapar hacia los Estados Unidos en junio de 1959, llevando consigo al Congreso de los Estados Unidos la información sobre los movimientos secretos de Raúl Castro.


Quedan todavía muchos huecos por llenar en esta historia incompleta. Pero habrá que sentarse a esperar el día en que los documentos “secretos” aún clasificados, sobre todo en Cuba, nos abran el camino a lo desconocido. Creo que nos lo merecemos.



Referencias


Fursenko, Aleksandr y Timothy Naftali. “One Hell of a Gamble”. Krushchev, Castro, and Kennedy 1958-1964, W. W. Norton & Company, 1997.


Montaner, Carlos Alberto. Journey to the Heart of Cuba. Life as Fidel Castro, Algora Publishing, New York, 2001.

Sobre el autor: Rainer es candidato al grado de Doctor en ciencias políticas y relaciones internacionales en la Universidad de Montreal, Canadá.

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