Ni Trump Ni Biden. Un Voto por Cuba

Por: Rainer Ricardo

Foto: Extraída de The Hill

Hace algunas semanas, un amigo cercano me sugirió escribir un texto sobre el voto en las próximas elecciones americanas. ¿Trump o Biden? – me preguntó tomándome por sorpresa. Para salir del bache, le respondí como responden los políticos profesionales, tratando de sacudirme el polvo de la responsabilidad que dejaba sobre mi conciencia aquella pregunta. Le expliqué que no soy especialista de lo que los politólogos consideran domestic politics y que además tenía muchos sesgos personales contra Trump. Aún no sé cómo responderle sabiamente la pregunta, y no sé si pueda algún día hacerlo desde un punto de vista puramente racional y objetivo. Mi relación con los Estados Unidos es emocional.

Me limitaré entonces a imaginar que soy ciudadano cubano y americano y que ejerzo mi derecho al voto en las próximas elecciones. A la base, me haría una serie de preguntas, primero como ciudadano americano y luego como ciudadano cubano. ¿Por qué? Porque es indudable que la política exterior de los Estados Unidos hacia Cuba sí tiene impactos en la isla, y eso es algo que me toca profundamente y me interesa particularmente. Razón y emoción se confunden en mi observación.

Como ciudadano americano, me preguntaría: ¿Qué clase de ciudadano soy? Es decir ¿cuál es mi contribución real al Estado y a la sociedad norteamericana? ¿Soy de aquellos que consumen más bienes del Estado y contribuyen menos (impuestos)? ¿O soy de aquellos que contribuyen más y consumen menos bienes públicos?

Para mí es muy importante encontrar la posición desde la cual me expreso en el mundo, ya que esta reflexividad me permite identificar mis propios sesgos culturales, raciales, de género, de clase, etc. Si usted es de aquellos que contribuyen más, porque paga más impuestos, y consume menos bienes públicos, porque se aprovisiona en el sector privado, pues me parece evidente que usted tendría interés en votar por el Partido que le prometa pagar menos impuestos al Estado y quedar con más dinero en su bolsillo. Es lógico y a simple vista justo. Si usted es de aquellos que consumen muchos bienes públicos, pero aporta menos a la sociedad, igualmente querrá quedar con más dinero en su bolsillo, pero pensará en priorizar la subvención de los servicios públicos de los cuáles goza actualmente y gozará todavía en un futuro próximo. Es muy poco probable que usted muerda la mano que le da de comer, sobre todo si depende de ella. También me parece lógico y justo. En el fondo, se quiere quedar con más dinero en los bolsillos y, de ser posible, pagar menos impuestos al Estado.

La reducción de impuestos puede estimular la economía, es cierto, pero al mismo tiempo puede fragilizar al Estado, cuya misión es la de garantizar la estabilidad social y el bienestar de los ciudadanos que viven dentro de sus fronteras. La función del Estado es la de proteger la población, al menos desde que la comunidad internacional se interrogó sobre el rol que el Estado NO jugó en las atrocidades que tuvieron lugar en la antigua Yugoslavia, en Rwanda y en Kosovo. Desde entonces, todo Estado que no asuma la responsabilidad de proteger su populación se expone a una intervención militar de potencias extranjeras bajo la bandera y el mandato de la ONU. Por lo tanto, la pregunta que habría que hacerse como ciudadano de cualquier país tiene que ver más con el rol que queremos que ocupe el Estado en la sociedad y con los recursos que queremos poner a la disposición de este último para el ejercicio de sus funciones como gendarme de la seguridad colectiva.

Justo después fijaría una lista de prioridades personales y colectivas – trabajo, educación, medio ambiente, etc. – y me informaría sobre las políticas públicas que los partidos en competencia aspiran implementar una vez en el poder. Por ejemplo, digamos que el Partido Demócrata nos prometa una transición energética hacia las energías verdes a corto plazo. Desde un punto de vista económico, tiene sentido. La inversión genera empleo y riqueza. El Producto interno bruto despega y todo va bien desde el punto de vista matemático. Pero, desde un punto de vista pragmático, hay que reconocer que es imposible salir de la dependencia al petróleo y otras energías fósiles a corto y mediano plazo. Eso implicaría reestructurar la economía mundial y eso es imposible de realizar en el mundo actual.

En Canadá, el Primer ministro, Justin Trudeau, se ha visto envuelto en una gran controversia nacional a causa de su estrategia transicional, la cual consiste en vender más petróleo extraído del bitume de la Alberta, par así recaudar el dinero que se invertirá progresivamente en los nuevos proyectos de transición energética. Y no se puede culpar a Justin, ya que todo giro radical en términos energéticos afectará la economía nacional y global. Por lo tanto, este giro no se realizará en un futuro cercano en ninguna economía mundial, mucho menos los Estados Unidos, cuya proyección de potencia hegemónica militar y económica depende considerablemente del uso de energías fósiles. ¿Se imagina usted a las fuerzas armadas norteamericanas operando a base de energía solar? No es realista en el mundo de hoy.

Además, si tomamos en cuenta cómo evoluciona la cuestión medioambiental a nivel político, nos damos rápidamente cuenta de que se tarda mucho tiempo en implementar políticas eficientes, ya sea porque los objetivos no se cumplen y los acuerdos no se firman, o porque la falta de consenso en el seno de la comunidad internacional bloquea toda posible transición energética a escala mundial. Hay que sumar también que los Estados y las organizaciones internacionales gastan enormes recursos - tiempo y capital, sobre todo humano -, tratando de resolver otros problemas tan urgentes como la pobreza y el subdesarrollo, las epidemias, los conflictos civiles, la violencia de género, la trata de personas, la corrupción, el tráfico de drogas, etc. Lo cual quiere decir que la transición energética se debe tomar en serio, pero que hay que evitar también de votar por promesas electorales que no serán cumplidas en los próximos años. Así saldremos de la epidemia del wishful thinking de la izquierda progresista y exigiremos a los políticos programas que son realizables. Hay muchas promesas políticas que se hacen para no ser cumplidas y muchos recursos que se gastan en proyectos que serán demolidos pocos años después. Vote con awareness, como dirían los Americanos.

Después de este pasaje por los vericuetos de la política nacional, me preguntaría si mi voto tendría impactos en la vida de otros ciudadanos cubanos, sobre todo de aquellos que aún viven en la isla y son víctimas de la fatalidad geográfica, de la historia, del sistema político y de muchas otras cosas más. Y como Cubano, al menos yo, votaría por Cuba. Anticipo su pregunta: ¿A quién beneficiará mi voto en Cuba? ¿A la élite gobernante, a mi familia, a mis amigos y amigas, a mis profesores y profesoras, al vendedor o la vendedora de maní, al pelotero de industriales, al humorista…? ¿A quién? Y le respondo: Me beneficiaría a mí, en otra época, en otro momento, en un mundo paralelo que ya no vivo, pero viví en carne propia. Sí, yo soy de aquellos que piensa que el Embargo norteamericano tiene una gran influencia en las condiciones actuales del país. No importa que usted esté en desacuerdo conmigo. Sin embargo, coincido en que no se puede tapar el sol con un dedo, y que se debe también responsabilizar la administración interna por decisiones políticas que cortaron de un tajo la libertad política, de expresión y de mercado, favorecieron a una clase de funcionarios incompetentes y corruptos y han mantenido a Cuba en un estado de anestesia general a través de los años.

Tampoco puedo olvidar, ya que se ha impregnado en mí como una especie de estrés post-traumático, que en los momentos más difíciles para el Cubano de a pie - par mí en ese mundo paralelo que una vez viví -, el vecino del Norte nos ha apretado el cuello con el deseo de sofocarnos. Podría estrangularnos, pero prefiere la tortura sádica, la muerte lenta, primero psicológica, luego física y existencial. Quiere rompernos por dentro y ese ha sido su propósito. Ya es público, reconocido. No hay necesidad de inventar. Si no, ¿cómo es posible que en medio de la gran crisis que vivimos en los años 1990 se nos aplique una Ley con carácter extraterritorial? ¿Cómo es posible que en estos momentos de pandemia se apliquen nuevas sanciones a Cuba? Perdóneme el diagnóstico personal, pero eso es falta de empatía internacional. Usted sabe, tanto como yo, que la política de los Estados Unidos hacia Cuba no daña directamente a la élite gobernante, sino al pueblo, al Cubano de a pie.

Podemos obstinarnos ad nauseum sobre las causas que generan los problemas de Cuba, divergir en las soluciones y los métodos para producir un cambio en la nación cubana, y militar en diversos partidos. Pero le digo con honestidad: en el contexto actual, me vale más un presidente dispuesto a mejorar las relaciones con Cuba, que otro que siga apostando por una estrategia que no ha demostrado ser efectiva durante más de 60 años. Y si vamos a criticar todo lo que debe ser criticado, critiquemos tanto los factores internos como los externos. No es honesto criticar más de 60 años de Comunismo en Cuba y no realizar el mismo trabajo intelectual hacia los más de 60 años de Embargo norteamericano. Si en 60 años ninguno de los dos bandos ha podido demostrar su efectividad, pues es hora de cambiar la hoja de ruta y de probar cosas nuevas desde ambas orillas.

Por lo tanto, mi voto será siempre por Cuba y con los Cubanos.

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