#NotTravelToCuba

Por: Rainer Ricardo

Foto: Hola Ota-Ola! y Cubanos por el Mundo (Youtube)

Desde hace unos días circulan en las redes sociales unos videos que muestran ciudadanos cubanos destruyendo – quemando y cortando - sus pasaportes en respuesta a la campaña #NotTravelToCuba lanzada por Alex Otaola desde su programa Hola Ota-Ola!. El fenómeno es interesante en sí mismo ya que tiende a validar los resultados de investigaciones que resaltan la importancia de las redes sociales en la politización de ciudadanos a priori apáticos. Los temblores planetarios que han causado los movimientos sociales en las redes sociales, como el de #MeToo, no son sino un avant-goût de lo que nos reservan las nuevas tecnologías de comunicación en el futuro. Por el momento, me limito a reconocer que los Cubanos se politizan gracias a las redes sociales.


Les pongo el ejemplo de un amigo de infancia que ahora vive en Miami y que, por supuesto, no hablaba de política en Cuba, ni siquiera le interesaba, como a la gran mayoría de nosotros. Políticamente, mi amigo estaba anestesiado. Pero mi amigo ha sufrido una gran transformación desde que vive 90 millas más al Norte. Al día de hoy, el motor de su auto resuena en las caravanas organizadas por Otaola y desde su celular me asegura orgullosamente que, como todo Cubano con 4 dedos de frente, él votará Republicano. Inmediatamente me pregunté: ¿Cómo es posible que mi amigo haya llegado hasta este punto? Y tuve que reconocer de justeza, porque hay que reconocerlo, que la labor que está realizando Alex Otaola, así como otros más que se le han sumado en la aventura, está teniendo resultados efectivos. La gente es receptiva a su mensaje y responde a las campañas lanzadas desde Internet, ya sea desde el confort de su auto o su casa, pero siempre en toda seguridad.


Desde que tuve esa conversación con mi amigo, me dediqué a escuchar a menudo el programa de Alex Otoala, así como los programas que se le oponen y piden su censura. Así puedo comparar y analizar los dos discursos, que es lo que hago en mi vida cotidiana. Reconozco que a mí tampoco me gusta lo que hace Otaola, ni cómo lo hace. Pero tampoco creo que haya que hacer un llamado al fusilamiento de la palabra, ya que se estaría violando el derecho a su libertad de expresión. Otaola no incita al odio entre los Cubanos. Él no hace sino explotar, como si hubiese encontrado un yacimiento de oro, el odio sedimentado en la médula espinal de los Cubanos de aquí y de allá. A pesar de eso, hay que reconocer que ha sido muy efectivo en politizar, aunque de una manera muy agresiva, a una masa crítica de Cubanos tanto fuera como dentro de la isla. Y esto es impresionante si tomamos en cuenta que la apatía política ha sido, y continúa siendo, la causa principal del “drama cubano”, como señalara el escritor Jorge Mañach.


La destrucción del pasaporte cubano es fuerte como acción simbólica, pero, sin querer ofender, es una bobería. Y es que en el gesto se confunden muchas cosas que no deben ser confundidas, sino separadas, si de verdad se quiere atravesar, pedaleando - como lo está haciendo Carlos Lazo -, el puente que enlazará las entrañas del monstruo a la tierra más bella que ojos humanos hayan visto. Una cosa es la “Revolución”, y otra bien distinta la “Nación” o el “Socialismo”. Pero esos tres conceptos han quedado imbricados en un nudo gordiano que hoy cuesta alma y vida deshacer. Los responsables de todo esto han sido, por supuesto, los intelectuales de la Revolución, ya que siguen enfrascados en reinterpretar la historia de Cuba de una manera que refleje el presente transformado radicalmente por el proceso revolucionario. Pero hay cosas que no se deben confundir si se quiere evitar este tipo de conductas, que no hacen sino polarizar aún más la sociedad cubana y tirar los Cubanos unos contra otros, como perros rabiosos.


Pero tanta culpa tiene el que mata la vaca como el que la amarra, y en este sentido, la propaganda de Miami, que ha crecido en el caldo de cultivo de la historiografía contrarrevolucionaria, se aferra a mantener la cadencia de esta polarización, de la cuál no escapan ni los centristas, mucho menos los que no se interesan a la política y que, por desdicha, son figuras públicas. Se critica de Cuba lo que se acepta en Miami, y viceversa. Y en este combate a muerte cierta, ninguno de los rivales está dispuesto a poner rodilla en suelo firme. ¡Patria o Muerte! – se escucha desde allá. Y desde el Norte, el grito hueco de un Edward Munch recobra vida gracias a los Gigabytes y al número de Likes que aprueba, o desaprueba, la popularidad del nuevo candidato. Pero el árbitro, al que le han robado su derecho de arbitrio, sigue esperando que algo pase sin que pueda, por una extraña razón biomecánica, desempolvar las articulaciones y cambiar el rumbo de su propia historia.


Y es que al final, como decía anteriormente, los gestos que se suman a esta campaña no representan gran cosa para Cuba. Es incluso probable, aunque esto es pura especulación, que esas mismas personas hayan quemado sus naves con la isla y no piensen regresar en un futuro cercano. Quizás me equivoco y este gesto es un real sacrificio patriótico que condena a la distancia, pero no al olvido - como bolereara Portillo de la Luz - a las familias de los nuevos patriotas. De lo contrario, el gesto pierde todo sentido y no vale realmente nada en el mercado político. ¿Acaso piensan que el régimen caerá en noviembre después de las elecciones y que podrán disfrutar de nuevas vacaciones en Cuba con pasaporte extranjero? Eso sería ignorar el peso de la historia y el montón de administraciones norteamericanas que han intentado derribar la Revolución y no han visto sino fracaso tras fracaso por más de 60 años. A Cuba la estrangulan, pero no se asfixia. Y no es que defienda la Revolución. Estoy nombrando un hecho. Así que no me juzgue si la historia se manifiesta de una manera que no le place. Eso no lo controla usted; tampoco yo.


Insisto en que hay cosas que no se pueden confundir, y que aún están muy confusas para todos nosotros. Es por lo que, en mi opinión, lo que está pasando actualmente en las redes sociales se puede entender como una campaña con sabor electoralista en los propios Estados Unidos, y no cómo una política coherente y realista que busca un cambio de régimen en la isla. De desearse esto último, advierto que el camino que nos lleva civilizadamente a la reconstrucción de una Nación inclusiva y democrática que, por cuestiones semánticas y conceptuales difiere considerablemente de la Revolución como proceso histórico y contingente, es otro. Pero bueno, eso tampoco lo decido yo.


Con lo que respecta al Socialismo, es sabido y promovido ad nauseum que nos hemos equivocado tantas veces que las rectificaciones actuales siguen suscitando el escepticismo y el descontento de los economistas cubanos. Al fin y al cabo, esto de la “construcción del socialismo”, cuyo proceso se ha extendido hasta el siglo XXI, no parece sino una utopía basada en el culto de la planificación centralizadora del Estado. ¡Pero coño!, no sabemos construirlo, ni rectificarlo… y mucho menos acabarlo. Y es justo ahora, cuando no se puede estar más jodido, que se deben activar los recursos de la imaginación y adentrarse en lo inimaginable.

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