Paz… después de la catarsis


Los últimos acontecimientos en Cuba han desatado un tsunami. Por un lado, el Movimiento San Isidro (MSI), quién vive presentemente una de sus más terribles pesadillas, ha recibido gestos de solidaridad de centenares de personas, tanto dentro como fuera de Cuba. Estos jóvenes dispuestos a enfrentar directamente al monstruo del Estado cubano fueron trasladados en horas de la noche hacia sus más terribles entrañas y luego liberados. Ojalá estén en buenas manos. Por el otro, el gobierno de Cuba debe de estar muy, pero que muy preocupado con la situación. Consciente de que su legitimidad está cada vez más quebrantada, es incapaz de ponerle freno a su propia disonancia cognitiva. Los discursos revolucionarios y humanistas contrastan con las acciones violentas e impunes, el silencio oficialista y las acusaciones incompletas. Si la legitimidad del gobierno de Cuba no es sino cosa de “historia”, pues habrá que ir tragando el buche amargo de perecer a causa de todo aquello que no fue cambiado… a tiempo.


El gobierno de Cuba sale hoy perdiendo, mientras que esos jóvenes artistas, periodistas, licenciados y activistas, en huelga de hambre y extirpados de la madriguera por la fuerza sugestiva de los golpes, no pueden sino obtener una victoria simbólica. De la misma manera, contribuyen, gracias al impulso represivo del Estado, a fisurar un poco más el malecón que aún sostiene a esa “Revolución”. Sí, Revolución entre comillas porque cabe interrogarse si las aspiraciones fundacionales de ese proyecto se realizaron concretamente. La pregunta es retórica ya que los eventos actuales, como otros tantos del pasado, nos muestran que la Revolución original no se realizó ni se ha realizado. La democracia no llegó a Cuba tal y como se esperaba. Los Barbudos tampoco pusieron término a la dictadura, mucho menos al Caudillismo. Al contrario, la Revolución quedó en una lista de espera, varada en el período especial eterno de su sonrisa. A la dictadura de Batista la canjeamos en el mercado internacional por una dictadura del proletariado que nos legó su libreta de abastecimiento y el típico adoctrinamiento de corte “machista-leninista”. Las prometidas elecciones lloraron hasta morir en el altar, mientras el novio revolucionario se pavoneaba en la Habana con una tal Natacha Moscovita.


La “libertad” de pensamiento y de expresión fue borrada como se borra una falta de ortografía: de un tirón. Sí, libertad entre comillas porque la libertad de pensamiento y de expresión, esa de libre-mercado, no existe en ningún lugar del mundo. Hay cosas que se dicen y otras que no, y eso lo define quién tenga el poder y la autoridad de hacerlo. Si no, investigue sobre el caso de Robert Faurisson, para que entienda mejor a lo que me refiero. En el caso de Cuba prefiero, para mantener una paz relativa, que se negocien los límites de esa libertad de pensamiento y de expresión, mientras desaparece poco a poco el “monopolio” del “sentido” y de la “realidad” reivindicado por el Estado. ¿Cuestión de utopía? Es posible. De no hacerlo, el gobierno de Cuba peca de ingenuidad y de romanticismo. No es por gusto que el Granma, órgano oficial del Partido, se lanza en afirmaciones que no son verdades ni tienen sentido. Los movimientos de oposición en Cuba, como el MSI – financiados o no desde los Estados Unidos –, no buscan “desacreditar la trayectoria limpia y ejemplar de la Revolución”, sino nombrar justamente lo sucio y lo desviado. No existe Estado limpio y ejemplar. Y Cuba no es la excepción.


Si todo Cubano debe saber tirar, y tirar bien, el gobierno de Cuba no puede entonces seguir con el fusil encasquillado en un discurso que no refleja la realidad de la inmensa mayoría de sus ciudadanos. De no cambiar lo que tiene que ser cambiado, ese gobierno debe saber que, a ciencia cierta, un día se despertará sin tener Pueblo a quién gobernar. Lo mismo le pasó a Fulgencio. Si los Cubanos asistieron “apoteósicamente” al acto celebrado en la Habana el 8 de Enero de 1959, fue para celebrar, como Pueblo, el fin de una dictadura sanguinaria y brutal. Sabemos que aquellos primeros años no fueron fáciles para los revolucionarios románticos y valientes que constituían el M-26-7. Sabemos también que tuvieron que enfrentar lo inimaginable para el más común de los mortales, y hacer frente a numerosas agresiones externas. El gobierno de Cuba debe saber que el Pueblo cubano entiende y comprende todo eso desde un punto de vista histórico. Pero hoy día, los que gobiernan en Cuba tienen que entender también que la paciencia humana tiene un límite y que no se le puede pedir infinitamente a todo un Pueblo que se sacrifique hasta las últimas consecuencias. Es una lástima tener que llegar a tales límites y darse cuenta de que, en esos mismos instantes, ya no queda nada que defender, nada por lo que merezca la pena luchar.


¿No fue justamente eso lo que hizo Fidel al premeditar su suicidio en un cañaveral después del desastroso desembarco del Granma? ¿No es justamente eso lo que están haciendo estos jóvenes en San Isidro? ¿A qué aspira el gobierno de Cuba? ¿A que surjan nuevos Martí, Maceo, Céspedes, Mella, País, Echevarría, Castro, etc.? ¿A que se desarrollen más movimientos radicales en la clandestinidad y se cometan nuevos actos terroristas? ¿A que estalle otra de las tantas guerras civiles que esculpen nuestra historia? ¿A que reescribamos en el futuro la historia de la Cuba posrevolucionaria y que juzguemos a las figuras claves de la misma forma en que se juzga hoy a Batista y a Machado?


Está claro que el monopolio del sentido de la historia no se lleva consigo al más allá. Es probable que quienes escriban mañana las nuevas páginas de la historia de Cuba y juzguen las acciones del pasado a la luz del presente pues decidan, finalmente, no absolverlos. En ese juicio final sabremos si los esfuerzos y los sacrificios que hemos hecho ayer, y que se siguen haciendo hoy, tendrán valor alguno. Tal será nuestra catarsis. Luego, en Cuba, habrá paz.


Por: Rainer Ricardo

Foto: tomada de BBC News

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