Trilogía de la Revolución. Parte I: el Socialismo como consecuencia de la agresión norteamericana

Por Rainer Ricardo

Foto: extraída de Radio Habana Cuba

Se lo advierto de antemano, para que no se sorprenda. Si el discurso se repite, es porque la evidencia histórica muestra que los Estados Unidos tuvieron responsabilidad en lo que ocurrió en Cuba durante y después de 1959. Y esa responsabilidad la siguen conservando hoy día, aunque muchos traten de ignorarlo. Si no, Washington no insistiría tanto en las políticas que lleva implementando hacia Cuba por más de 60 años. Pero no se apresure a sacar conclusiones, esto no es sino una parte de la historia. Esta trilogía comienza por el discurso más popular que existe sobre la Revolución cubana. Si usted quiere, por el que le echa la culpa a los Estados Unidos de lo que ha ocurrido en la isla después del 59.

Comencemos por problematizar lo que, a mi entender, es fundamental en esta historia. Antes del 59, e incluso algunos meses después de su entrada triunfal a La Habana, Fidel Castro repetía a quién le escuchaba con atención que la Revolución cubana no era Comunista. Pruebas de eso existen muchas. La violencia revolucionaria organizada y dirigida contra el régimen de Batista estaba fundamentada por aspiraciones democráticas y liberales. La voluntad de derrocar al dictador se combinaba de la voluntad de restituir a la Nación cubana la Constitución de 1940, esa misma que Batista había mancillado con su golpe de Estado en 1952. Unos 17 años más tarde del triunfo de la Revolución, en 1976, una nueva Constitución política asimila la identidad del Estado cubano al Socialismo – identidad que ha perdurado hasta el día de hoy a pesar del derrumbe del campo socialista.

¿Cómo se explica ese viraje tan radical en términos de identidad de Estado? Es la pregunta a la que han intentando responder tantos analistas políticos y escolares durante años. En este primer texto, hago un llamado a la narrativa que sitúa las causas de esa radicalización en la hostilidad que los Estados Unidos reservaron al proceso revolucionario desde sus inicios[i]. A la luz de documentos desclasificados, se puede considerar la plausibilidad de la tesis siguiente: la actitud agresiva de los Estados Unidos hacia Cuba empujó a Castro en los brazos de Jruschov. La dictadura del proletariado en Cuba podría entonces concebirse, desde esta perspectiva, como la consecuencia directa de las acciones agresivas encubiertas y patrocinadas por los Estados Unidos.


Una Revolución antimperialista

Cierto es que, además de ser democrática, liberal y antibatistiana, al punto de ganarse la afección de Senadores norteamericanos como John F. Kennedy, la Revolución cubana era antimperialista. Ese sentimiento ya estaba enraizado en la experiencia histórica del nacimiento del Estado moderno en Cuba en 1902, y no era nada nuevo por aquellos años. Pero ese sentimiento se había exacerbado a causa de los vínculos estrechos que existían entre la Casa Blanca y La Habana antes del 59. Si Raúl Castro terminó secuestrando ciudadanos norteamericanos en el 58, fue justamente para forzar un embargo de armas al gobierno de Batista por parte de Washington[ii], quién cerraba los ojos a la represión brutal que ejercía el régimen sobre la oposición cubana.


La situación de la isla antes del triunfo de la Revolución era bastante paradoxal. Desde un punto de vista estadístico, los índices de desarrollo económico igualaban y sobrepasaban el de algunas naciones capitalistas industrializadas[iii]. Pero, a pesar de tales indicadores macroeconómicos, el desarrollo de Cuba era ostensible en la capital e invisible en los sectores rurales del país. La desigualdad crónica y la corrupción sistémica fueron caldo de cultivo para la revolución social. Se creaban así las condiciones subjetivas y objetivas para la emergencia de una izquierda progresista en Cuba forjada en los ideales democráticos y el nacionalismo, cosa que no existía en Cuba sino en términos minimalistas y procedurales.

En medio de ese apogeo social, los Comunistas, reunidos en el Partido Socialista Popular, no gozaban de gran apoyo popular – contaban con no más de 2000 miembros, para ser generoso – y habían sido declarados ilegales por Batista. En el seno del M-26-7, además de Raúl Castro, quién al parecer mantenía vínculos secretos con miembros del PSP, el otro Comunista era “Che” Guevara, quién guardaba sus distancias ideológicas con el PSP e iba a diestra y a siniestra acusando a sus miembros de “estalinistas”. Por su parte, Fidel Castro cultivaba, al igual que el Che, una cierta predisposición ideológica hacia el PSP, razón por la cuál su hermano Raúl mantuvo secreta su afiliación y su cercanía con algunos miembros activos en la lucha contra la dictadura.

Al final, el Comunismo dentro del M-26-7 era un tabú. Cualquier afiliación con este movimiento ideológico podía engendrar conflictos de lealtad y provocar el desmembramiento del movimiento revolucionario, cosa que ocurrió un poco más tarde, como era de esperar. Lo que cabe notar es que, a finales de 1958, la penetración del PSP en los rangos del M-26-7 era casi inexistente. Además, la URSS no mostraba gran interés en lo que sucedía a 90 millas du su principal enemigo y parecía estar más interesada en promover la “coexistencia pacífica” entre los dos campos[iv]. Comprometerse con la causa de los Revolucionarios cubanos era un paso muy arriesgado para el inquilino del Kremlin en el año 1959. La Revolución cubana no se definía concretamente y, tradicionalmente, el Caribe era propiedad de los Americanos.


Cuba sí, Yanqui No

En Washington, las informaciones que llegaban sobre Fidel Castro y su movimiento eran contradictorias. El embajador norteamericano en Cuba, Earl T. Smith, presentía que Fidel era un pichón de comunista solapado y promovía la idea de entamar acciones rápidas contra Castro, ya que el tiempo corría a favor de la Revolución. Otros oficiales, como Richard “Dick” Rubottom, consideraban a Fidel un “nacionalista peligroso” que daría muchos dolores de cabeza a los Estados Unidos. Nixon quedó con la impresión ambigua de que Fidel era muy ingenuo respecto a los Comunistas y pensó oportuno mantener los ojos bien abiertos sobre el proceso revolucionario en Cuba. A pesar de la ambigüedad, la decisión había sido tomada en Washington antes de enero del 59. Batista tenía que irse – cosa que hizo con 500 millones de dólares en sus bolsillos después de rechazar la oferta “plattista” de establecer una junta militar –, y había que evitar que los Rebeldes capturasen el Estado de Cuba.

A pesar del descontento de la Casa Blanca, del Departamento de Estado y de la CIA, los Estados Unidos reconocen la legitimidad del gobierno presidido por el abogado Manuel Urrutia Lleó el 7 de enero de 1959. Tres días más tarde, la Unión Soviética anunciaba el suyo. A los ojos de las dos potencias mundiales de la guerra fría, el gobierno instituido en Cuba en enero de 1959 era legítimo. Pero el reconocimiento de Washington no sirvió para mucho. Los primeros meses de la Revolución cubana fueron tumultuosos. Para sorpresa de muchos, los Comunistas del PSP, que hasta aquel momento no habían tenido vínculos muy estrechos con el M-26-7 – como atestigua una carta de Lázaro Peña enviada a sus camaradas italianos en diciembre de 1958 –, remplazan a figuras conservadoras y liberales en altos puestos gubernamentales. Este viraje se explica, en parte, por las necesidades de la Revolución cubana de llevar a cabo reformas sociales de gran envergadura, como la reforma agraria, la cual fue una de las más ambiciosa de su época y de América latina. No es casualidad si muchas de las reformas que se implementaron después del 59 eran producto de la consciencia socialista de miembros del PSP, como Osvaldo Dorticós, quién fuese el arquitecto intelectual de la Ley de Reforma Agraria y, más tarde, bajo nombramiento directo de Fidel, presidente de Cuba.

Muchas de estas reformas afectaron los intereses de industrialistas norteamericanos, cubanos y extranjeros. Mientras algunos de los afectados cerraron filas con el gobierno revolucionario, los Estados Unidos rechazaron las proposiciones de Cuba y se lanzaron en una campaña de desestabilización del régimen que comprendía medidas de varios tipos – agresión económica y militar, aislamiento diplomático, propaganda psicológica, actos terroristas y de sabotaje, tentativas de asesinato, etc. La lista de acciones dirigidas contra Cuba es larga y grotesca. Pero todas han sido implementadas con un objetivo fundamental: provocar el derrocamiento del régimen cubano desde adentro, por implosión. Esto ha sido diseñado así a propósito, ya que, desde el fracaso de la intervención patrocinada por la CIA en Playa Girón, Washington ha querido permanecer detrás del telón, moviendo los hilos de la contrarrevolución fuera y dentro de Cuba.

En abril de 1961, con la primera aventurita militar, el tiro les salió por la culata. Los Americanos sabían que la asfixia provocada por las sanciones económicas no era suficiente para derrocar al gobierno de Castro, sobre todo si este recibía la ayuda económica de la Unión Soviética. Las sanciones económicas estaban entonces ahí con el mero propósito de crear descontento en las masas afectadas por las medidas de austeridad que se habrían de imponer. Pero al final, creían los Americanos, la población cubana se resignaría a la presencia de Fidel y, para ese momento, ya sería muy tarde. La opción militar era la única alternativa que podía derrocar a Castro rápidamente. Y con tal objetivo, se planificaron, bajo el mando del General Edward Lansdale, nuevas agresiones contra la Revolución cubana. Para los Americanos, el sueño de aquel entonces era liberar a Cuba de los Castro para octubre de 1962. Pero los misiles nucleares, o al menos una representación de ellos[v], llegaron a Cuba primero, sobre todo para ser descubiertos. Y el sueño se transformó en pesadilla.


La crisis de los misiles

La experiencia de Girón fue catalizadora de la alianza que se establecería desde 1961 con la URSS. Fidel quería un compromiso serio por parte de la URSS y terminó por extirpárselo al declarar socialista la Revolución y al definirse personalmente Marxista-leninista a finales del 61. Los Cubanos sabían que Washington no se quedaría de brazos cruzados y que, seguramente, ya estaba planificando alguna otra aventura militar, esta vez mucho más peligrosa y mejor organizada. Y, tal y como demuestran los documentos desclasificados, los Barbudos no se equivocaron. El fin de las crónicas de Castro ya estaba anunciado en los planes secretos de la CIA. La política extranjera de los Estados Unidos hacia Cuba contenía actos de sabotaje, de terrorismo, de propaganda, y otras muchas cosas más. Y en medio de todo eso, se apostaba por la cabeza del cabecilla, valga la redundancia, con la complicidad de la mafia.

El fracaso militar en Girón significó un golpe tremendo al prestigio de los Estados Unidos en las Américas. La Revolución cubana simbolizaba el fin de una era marcada por la hegemonía imperialista de los Estados Unidos, así como el advenimiento de otra época, caracterizada por los movimientos de liberación nacional en los países del Tercer Mundo. Washington temblaba ante la pesadilla que presuponía asistir a la emergencia de otras “Cuba” en América latina. Y para contrarrestar la pulsión revolucionaria del continente, Kennedy terminó ofreciendo a los países de América latina en 1961 lo que Fidel le había reclamado a Eisenhower desde Argentina en 1959. Pero para Cuba no había ni alianza ni progreso dentro del hemisferio. Al contrario, el nuevo inquilino de la Casa Blanca, Robert Kennedy, estaba obsesionado con la Revolución cubana y no escatimó esfuerzos para borrarla del continente hasta que lo detuvo un balazo en la cabeza.

Después de Girón, Castro pide, por primera vez, asistencia a la Unión Soviética. Hasta aquel momento, los contactos establecidos entre la URSS y Cuba se habían efectuado a través de los países del Pacto de Varsovia, como Checoslovaquia y Polonia, con el objetivo de consolidar las fuerzas armadas y el aparato de seguridad nacional, así como el establecimiento de relaciones comerciales. Nada de alianzas formales entre la URSS y Cuba, la cual no fue miembro siquiera del Pacto de Varsovia[vi]. Pero en ese momento clave, después de una agresión militar, la respuesta de Jruschov pasó de lo simbólico a lo concreto. En lugar de meterle caña a Berlín, el Kremlin aprueba, en mayo del 62, el envío de misiles balísticos nucleares a Cuba, así como de unos cuantos miles de soldados (técnicos y especialistas) de todas las ramas de las fuerzas armadas soviéticas. Pero el secreto no duró mucho. El 14 de octubre los misiles fueron descubiertos por un U-2 y, una semana más tarde, Kennedy puso en jaque a Jrushov y a Castro anunciando la “perfidia” de los Cubanos y de los Soviéticos en televisión nacional.

Por suerte, la sangre no llegó al río. La crisis de los misiles fue una “crisis de nervios”. Los soviéticos terminaron por retirar los misiles de Cuba sin el aval de los Cubanos. Y los Americanos se comprometieron, públicamente, a no intervenir militarmente en Cuba, y a retirar, en secreto, los misiles corroídos en Turquía. A causa de ese secreto, Jurschov perdió la partida con Kennedy, a pesar de haber obtenido una victoria política importante. Al fin y al cabo, Cuba era una mancha para la Doctrina Monroe. Y los Estados Unidos no podían hacer nada al respecto, al menos en principio.

Como era de esperar, el gesto soviético ocasionó fracturas en la relación cubano-soviética. Las críticas cubanas llovían no solo en los espacios públicos nacionales, sino también en las conversaciones privadas entre los líderes de ambas naciones. La tragedia de esta historia es que Jruschov y Mikoyan terminaron sacándole los trapos sucios a Fidel y a su camarilla de revolucionarios tercermundistas. La Unión Soviética, le escribía Jurschov a Fidel Castro en enero de 1963, lo había hecho todo por el bienestar de Cuba y de la Revolución cubana, y no motivada por intereses nacionales oportunistas. Pero ya en aquellos años, la Revolución que había triunfado sin el apoyo de la URSS no podía sobrevivir sin la asistencia de este imperio lejano y ajeno, pero “revolucionario”. Fidel sabía por aquel entonces que no le quedaba más alternativa que el socialismo soviético. Los Chinos se quedaron en las buenas intenciones y nada más. En 1963, Cuba estaba “sitiada”[vii] y la supervivencia de la Revolución dependía de la ayuda externa brindada por la URSS. Y así llegó el Socialismo a Cuba, servido en bandeja por los Estados Unidos de América.

[i] Paterson, Thomas G. “Fixation with Cuba: The Bay of Pigs, Missile Crisis, and Covert War Against Castro”, in Kennedy’s Quest for Victory. American Foreign Policy, 1961-1963, Edited by Thomas G. Paterson, Oxford University Press, 1989, pp. 123-155. [ii] Fursenko, Aleksandr; Naftali, Timothy. “One Hell of a Gamble”. Khrushchev, Castro, and Kennedy, 1958-1964, W.W. Norton & Company, New York, 1997. [iii] Yofre, Juan B. Fue Cuba: La infiltración cubano-soviética que dio origen a la violencia subversiva en Latinoamérica, Sudamericana, 2014. [iv] Zubok, Vladislav M. A Failed Empire. The Soviet Union in the Cold War from Stalin to Gorbachev, The University of North Carolina Press, Chapel Hill, 2007. [v] González, Servando. The Nuclear Deception. Nikita Khrushchev and the Cuban Missile Crisis, Spook Books, Oakland, California, 2002. [vi] Husain, Aiyaz (2005). “Covert Action and US Cold War Strategy in Cuba, 1961-62”, Cold War History, 5:1, 23-53. [vii] Bolender, Keith. Cuba Under Siege. American Policy, the Revolution and Its People, Palgrave Macmillan, New York, 2012.

Nota sobre el autor: Rainer Ricardo es candidato al título de Doctor en ciencias políticas en la Universidad de Montréal.

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