Vivir en cadenas y oprobio sumido no es vivir


La historia de Cuba es la historia de muchos “sitios”. En el plano internacional, Cuba ha estado sitiada desde siempre por la influencia directa e indirecta de imperios formales e informales. El Español la conquistó y el Inglés la arrebató. Los Americanos la compraron y los Soviéticos la salvaron. Al día de hoy, Cuba, la infiel, sigue sitiada. Lo demuestran las sanciones que se siguen redactando en las oficinas de Washington. En el plano nacional, el Pueblo de Cuba también ha sido el lugar de muchos “sitios”. Cabe recordar la administración colonial con sus represiones y “concentraciones” en tiempos de guerra civil, la República “vendida” por una enmienda en la Constitución de 1901, así como las dictaduras derechistas de Machado y Batista. Desde 1960, el Pueblo de Cuba ha sido sitiado de dos partes. El Norte ha mantenido la hostilidad por todo el tiempo en que se ha nombrado la palabra Revolución. Y esta última, ha terminado sitiando a su Pueblo como medida de seguridad nacional.


Los “sitios”, reales o imaginarios, que ponen freno a la acción social, política y económica de los Cubanos deben terminar. Pero para lograr eso, un diálogo sincero y doloroso se impone entre todas las partes.


Cuba sitiada: todo un historial


Cuba fue sitiada desde su mal llamado “descubrimiento” por una administración colonial que duró poco más de 400 años. El colonialismo no implica únicamente posesión territorial, sino también especialización económica, social, política e ideológica en función de la Metrópolis. Existe estado de sitio ya que la autonomía política y militar de la periferia con relación al centro es inexistente y las tentativas contestatarias hacia el régimen imperante reciben respuestas represivas de los órganos del Estado. La colonia y sus sujetos son propiedad del imperio. Punto.


Las fuerzas independentistas y nacionalistas del siglo XIX en Cuba aspiraban romper el sitio que el imperio imponía sobre la isla. Por la osadía, sufrieron la embestida represiva. Muchos murieron, otros se exiliaron. Pero el deseo de romper el sitio imperial era lo suficientemente fuerte y latente para que la guerra, o al menos la disposición de tomar las armas, se mantuviese durante 30 años. En 1898, los Estados Unidos intervienen en la guerra hispano-cubana y obtienen una victoria decisiva sobre la flota española en la Bahía de Santiago de Cuba. España hace el traslado formal del territorio de Cuba, así como el de otras dependencias españolas, vía el Tratado de París de 1898. Los Cubanos no participan en tales acuerdos y quedan bajo la administración de un régimen militar norteamericano. En el momento mismo de su independencia, Cuba estaba otra vez sitiada. El sitio no terminó con el nacimiento de la República en 1902. La República fue una ficción jurídica, que escondía en su seno la cruda realidad de un “Protectorado” norteamericano, como lo demuestran las numerosas intervenciones estadounidenses en los asuntos internos de Cuba por más de medio siglo. Desde entonces, los Americanos han jugado un factor clave en la política nacional.


La guerra civil estalla justo cuando la fruta no podía estar más podrida. Y después del triunfo, a principios del 60, los revolucionarios y los soviéticos firman el primer acuerdo comercial por un valor de 100 millones de dólares. Un año más tarde, los americanos y los cubanos cortan sus relaciones diplomáticas. El 15 de abril de 1961, los exiliados cubanos apadrinados y entrenados por la CIA se aventuran militarmente en la isla y bombardean zonas estratégicas. La Revolución es declarada socialista por Fidel en los funerales de las víctimas de estos ataques. Los exiliados pierden la iniciativa en Bahía de Cochinos, Kennedy se obsesiona con Cuba y emprende, con el apoyo de la CIA, el Departamento de Estado y el de Defensa, un plan de acciones encubiertas contra Cuba que se ha mantenido vigente hasta hoy.


En diciembre del 61, Fidel revela al mundo su adhesión al marxismo-leninismo y, en octubre de 1962, Cuba es el epicentro de una crisis nuclear. El bloqueo de la isla fue real, al menos por algunos días. Desde entonces, los Americanos han mantenido a Cuba y a su pueblo sitiados por más de 60 años. Conscientes del daño que provocan las sanciones a la economía cubana, y anticipando la implementación de medidas represivas por parte del gobierno de Cuba, Washington ambiciona provocar, por medio de la asfixia económica y la insatisfacción popular, una sublevación interna que ponga fin, de manera espontánea, al régimen comunista en Cuba.


El sitio soviético se manifiesta en la asimilación despreocupada de la Revolución y el Socialismo. Está claro que la Revolución no existiría sin la ayuda de la Unión Soviética, la cual garantizó su supervivencia de dos maneras. Primero: obteniendo de Kennedy un compromiso de no agresión militar hacia Cuba. Segundo: suministrando al gobierno revolucionario la ayuda militar y económica más grande que la URSS ofertara a cualquier otro Estado en el mundo, sea comunista o no. La dependencia de Cuba hacia la Unión Soviética fue tal que no quedó más remedio que sovietizar al país en todos sus renglones. La autonomía política nacional tenía un costo imposible a asumir por aquellos años y todo desafío al imperio informal soviético era penalizado por recortes en la ayuda económica y militar. Por otro lado, las tentativas de acercamiento entre Cuba y los Estados Unidos siguen frustradas. Al día de hoy, la ausencia de diálogo se profundiza sin más razón que ensañamiento y orgullo.


Esta historia, hay que reconocer, debe estar incluida en el diálogo. El victimario es a su vez víctima.


La captura del Estado y el Bloqueo “interno”


El Estado es una abstracción y, como tal, no tiene propiedades físicas, a no ser las de un territorio delimitado y una población. La esencia del Estado es el monopolio legítimo del uso de la violencia, sobre todo el derecho a conducir la guerra internacional. Una guerra civil es sinónimo de Estado “fallido”. En el caso de Cuba, la Constitución otorga al Estado socialista el derecho de hacer uso de la “lucha armada” para derrocar cualquier iniciativa que “intente derribar el orden político, social y económico establecido” por la Constitución. El suelo para el cultivo de reformas es infértil.


El Estado es visible a través de numerosos elementos institucionales y legales, pero el Estado no es actor, sino agency, quiero decir “capacidad de acción” delegada sobre un grupo de individuos. La sociedad no es monolítica, sino un cuerpo colectivo fragmentado en diversos grupos que expresan cosmovisiones políticas, económicas e ideológicas que tienden a competir entre sí. En contexto democrático, la cosmovisión que gane más adeptos en elecciones partidarias triunfa y gobierna sobre otras cosmovisiones minoritarias. En contextos autoritarios, la cosmovisión política imperante es generalmente consecuencia de una competencia caracterizada por la violencia militar y la negación de otras cosmovisiones competitivas. La idea de la “captura” del Estado se hace más tangible en estos contextos autoritarios ya que el gobierno tiende a imponer un sitio sobre el Pueblo, de quién se extrae legitimidad de formas a veces no tan legítimas.


El Pueblo sufre las consecuencias de estos sitios, ya sean internacionales o nacionales. Los Cubanos denominan “bloqueo interno” al sitio que el gobierno revolucionario ha impuesto sobre el Pueblo en todo lo relacionado a la acción política, económica y social de sus constituyentes. Que este bloqueo interno sea imaginario o real poco importa. El Pueblo lo siente y lo vive como si fuese intencional por parte del gobierno. La profecía se realiza en el discurso. “Dentro de la Revolución todo, nada fuera de ella”, afirmaría el comandante olvidando quizás que lo que existe hoy está “fuera” de lo que originalmente debió ser. En 2020, un tweet del presidente remplaza el concepto de Revolución por el de Socialismo. No hay alternativa posible.


Cansado del sitio impuesto por una cosmovisión totalitaria del mundo, el Pueblo redescubre sus derechos fundamentales en cuanto a la libre expresión, la libertad de prensa y la necesidad de establecer oficialmente organizaciones políticas encargadas de pedir cuentas a los representantes del Estado. El Pueblo quiere ser culto para ser libre y se cultiva en los márgenes del discurso oficial. Así toma conciencia de que un gobierno que no rinde cuentas a su ciudadanía pierde de un tajo su legitimidad. Pero el Pueblo teme; teme al derecho que tiene sobre las calles, sobre el discurso, y el sentido de su propia historia. Y es que es consciente de que, en los momentos de desesperación política, la violencia del Estado resurge y no cree ni en su madre. Los hematomas en el cuerpo duelen por un tiempo, pero el trauma inducido por el terror es permanente. No se quiebran huesos en las trincheras de ideas, sino almas.


El Estado cubano tiene la “responsabilidad de proteger” a la población. Las libertades reconocidas en la Constitución deben ser respetadas y garantizadas, como la libertad de pensamiento, de conciencia y de expresión (Art. 54). El gobierno no puede silenciar por la fuerza sugestiva del miedo las reivindicaciones de ese Pueblo soberano, “del cual dimana todo el poder del Estado”. Mientras más sitiado se encuentre el Pueblo, más fuerza cobrarán los deseos y las manifestaciones de romper las cadenas que lo atan al yugo de la apatía y de la inacción políticas. Si Cuba es una “democracia”, como lo afirma la Constitución, se debería entonces negociar y abrir espacios para el diálogo constructivo. Pero, al parecer, el espíritu de la democracia en Cuba está sitiado por una idea totalitaria inscrita en el preámbulo constitucional: “solo en el socialismo y en el comunismo el ser humano alcanza su dignidad plena”.


A tal conclusión no se llega en democracia, ya que esta forma de régimen político implica pluralidad, competitividad, discordia y cooperación. La dignidad plena de los Cubanos no se encuentra en los extremos del pensamiento revolucionario, ni del marxismo-leninismo ortodoxo. Tampoco resultará como consecuencia de la sacralización del socialismo, ni de la diabolización del capitalismo. La dignidad plena del ser humano no puede surgir sino del pleno reconocimiento de sus derechos fundamentales, esos que le reconoce “la ley de leyes” de la Nación.


Para vivir… en libertad.


Si la idea de una Cuba Libre se encuentra al doblar de esos sitios que nos ha legado la historia, divorciarse de la mentalidad sitiada implica el reconocimiento de la necesidad de un diálogo sincero y doloroso que trabaje por la reconciliación de un Pueblo dividido y maltratado. Un diálogo que se ataque simultáneamente – no en el cual se ataquen los unos a los otros – a todos los sitios que oprimen al Pueblo, ya sean exógenos o endógenos. Los individuos que hoy hablan en nombre del Estado saben que un Pueblo sitiado no es “libre” de actuar conforme al pleno potencial de sus capacidades. Los individuos que desde el Pueblo reclaman los derechos que les otorga y reconoce la Constitución de la República saben que la causa es justa y conforme al ideal martiano de la dignidad plena del ser humano. No hay necesidad de confrontarse hasta que la sangre sea derramada.


Pero a aquellos que se posicionan del lado de las agresiones encubiertas hacia Cuba, y que piden más sanciones para su Pueblo, a esos les digo que no recibirán mi solidaridad. Esas acciones no deben ser apoyadas, sino denunciadas por todos aquellos que de una forma u otra estimen que “Patria es humanidad”.


Y no olviden: “En cadenas vivir, es vivir en afrenta y oprobio sumido”.


Por: Rainer Ricardo

Foto: extraída de Numista

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